Con mano izquierda

Luces y sombras de la experiencia maternal

30.09.2016 | 04:32
Luces y sombras de la experiencia maternal

Cada día me resulta más impactante comprobar la influencia que el destino ejerce sobre nuestras vidas desde el mismo momento en el que nacemos. Las razones por las que fuimos engendrados son tan diversas como aquellas que determinaron la negativa a otras gestaciones, y tan distintas como los rostros de quienes nos trajeron a este mundo voluntaria o accidentalmente. Dentro del universo femenino, el mosaico lo forman desde quienes no poseen instinto maternal a quienes no se plantean su existencia sin la experiencia de la maternidad, o desde quienes se quedan encintas con facilidad a quienes acumulan años de intentos frustrados, o desde quienes deciden interrumpir su embarazo a quienes conforman una familia numerosa.

Paradójicamente, a cuenta de los últimos avances en materia de fecundación, cada vez existen más mujeres que aseguran no saber de qué va ese impulso primario que, supuestamente, todas las féminas traemos de serie. De hecho, las hay que no dudan en afirmar que se trata de un invento exclusivamente cultural. Por lo tanto, el criterio no es unitario y, cuando se aborda esta cuestión tan relevante desde el punto de vista social, las opiniones se distribuyen en bandos distintos y hasta opuestos. En uno se alinean las mujeres que consideran que el hijo es lo primero y que la madre viene después. Por contra, el otro lo integran aquellas que no se resignan a dejar de compaginar siquiera temporalmente su faceta de progenitoras con sus propios deseos y necesidades.

En mi caso, de la misma manera que respeto profundamente a las partidarias de la opción clásica (dedicar todas sus energías a los menores), no me niego a admitir la preferencia de las defensoras de la segunda vía. A estas alturas ya me he topado con madres de todo tipo, con y sin instinto maternal, solteras, casadas, viudas y divorciadas, con trabajo y en el paro. En su inmensa mayoría, no darían marcha atrás si pudieran reconsiderar la experiencia de la maternidad. Pero, por duro que suene, ¿cabe arrepentirse de haber tenido hijos? Cabe, aunque no se diga. A lo sumo, se piensa para los adentros. Y, para no llevar a confusión, supone una vivencia que nada tiene que ver con otras tan dolorosas como la conocidísima depresión postparto.

Lo cierto es que existen madres arrepentidas que están en su sano juicio y que sufren por albergar un sentimiento que, aunque no quisieran padecer, no pueden evitar. Por supuesto, casi ninguna de ellas se atreve a tocar el tema, y menos aún delante de su prole. Sin embargo, sería más que interesante saber hasta qué punto esa innegable presión social por tener hijos influye en este fenómeno, como también qué nivel alcanza a la hora de decidir no tenerlos el miedo a perder sus carreras profesionales.

Parte del movimiento feminista propone construir un discurso alternativo que dé visibilidad a quienes renuncian a procrear y en el que también se reescriban las características tradicionales de lo que se entiende por "amor de madre". Según algunas voces, poder tener hijos no conlleva necesariamente querer tenerlos, y eso no debería convertirlas en dianas de las críticas más feroces. Abogan, pues, por un escenario donde ese arrepentimiento halle cabida sin asociarse al prototipo de "mala madre", y en el que el modelo de amor incondicional se transforme en amor con límites y compatible a su vez con otros intereses. Mi percepción es que la experiencia maternal, con sus luces y sus sombras, es tarea de seres fuertes, valientes y decididos, dispuestos a sacrificar su tiempo y su espacio para sacar adelante a unas criaturas que, al menos durante su más tierna infancia, son totalmente dependientes. Ser madre es un reto al amor y también al dolor, como lo es la vida misma, pero nunca debería acarrear el menoscabo de la previa condición de mujer.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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