Dolor y sufrimiento

28.08.2016 | 05:09

E l dolor, proponen los expertos, debe convertirse en el quinto signo vital. Eso significa que en la práctica normal se debería pasar una escala de dolor a todos los pacientes: hay diez caras, en la izquierda está sonriendo y en la derecha muestra un sufrimiento extremo. Hace unos días asistí a una presentación sobre atención temprana en cáncer, la conferenciante proponía que se midiera siempre el nivel de su sufrimiento psíquico: el quinto signo vital. Me hizo recordar las propuestas de incluir "transversalmente en el currículo de las escuelas" la educación vial, la alimentaria, la democrática? No quiero con esto despreciar los saludables intentos de mejorar tanto la atención a los pacientes como la formación de ciudadanos. Porque en la educación Primaria y Secundaria además de aprender Matemáticas y Lengua, lo que queremos es que se formen ciudadanos con capacidad para tomar decisiones y dirigir su propia vida con una equilibrada combinación de autonomía y solidaridad. Y queremos que una atención sanitaria que vea al paciente como una persona no sólo un portador de un síntoma.

En casi todas las religiones está presente el dolor, físico o psíquico. En la cristiana se dice que éste es un valle de lágrimas. Entonces se consideraba el dolor inherente a la vida porque no había forma de evitarlo. Fue a finales del siglo XIX cuando apareció la anestesia, se empezaron a desarrollar los analgésicos y ya en el siglo XX toda una batería de fármacos contra el sufrimiento psíquico. Mientras antes había que refugiarse en la religión, hoy podemos combatirlo.

Intercambio las palabras dolor y sufrimiento como si fueran lo mismo. No lo es. Me decía una persona que había sido intervenida por una fractura: "El dolor en el tobillo era tan profundo, tan incompresible que me arrojaba en un pozo insondable de desesperación. Creía que nunca lo superaría, prefería que me la cortaran, estar muerta. Ya me habían dado morfina, pero me produjo un estado de desgobierno, una sensación de no ser yo y el dolor creciendo, pulsátil, inmanejable? fue la peor experiencia de mi vida".

Es curioso como esa falta de control debida a un dolor nuevo, profundo, denominamos terebrante, que se veía incrementada por la morfina le impedía emplear los recurso que tenemos para convivir y superar trances como éste. Me decía otra persona a la que habían recambiado una cadera: "Lo peor fue que me pusieron morfina. Estuve vomitando dos días. Les dije que no quería analgésicos, que yo sabía sufrir, pero no me hacían caso".

Ésa es la diferencia entre dolor y sufrimiento. El dolor es una sensación física, ocurre, excepto en casos especiales que parece que se genera en el cerebro, porque ciertas terminaciones nerviosas especializadas en detectar daño tisular se excitan y trasmiten la información al cerebro. No hace falta explicar que tiene una función biológica. El sufrimiento es la interpretación de ese dolor: un sentimiento en la denominación de Damasio. Depende, por tanto, de cómo vivimos el dolor, de nuestra experiencia, expectativas y estructura mental. Quiere esto decir que en vez de administrar analgesia de forma protocolizada tras una operación quirúrgica se debería explorar la forma en que el paciente vive el dolor. Creo que no por un lado porque sería difícil; por otro, porque probablemente nunca habrá experimentado algo parecido, no sólo por el tipo de dolor, también porque en el hospital, desubicado, no tiene consigo todos sus recursos mentales. Pensamos que controlar el dolor, de forma pautada, es un signo de buena medicina.

De todas formas, no cabe duda de que la actitud frente al dolor determina mucho el sufrimiento. Hay un estudio muy interesante que han realizado investigadores de Cracovia que nos ayuda a entenderlo. Preguntaban a los maratonianos (se sufre lo indecible en los últimos kilómetros, los pies, las rodillas, las caderas? un dolor que se prolonga muchas horas) cuál era su nivel de dolor y cuál el de disfrute. Tres y seis meses después volvieron a preguntar cuánto dolor habían experimentado aquel día. Como se pueden imaginar, los que habían disfrutado apenas recordaban el dolor, pero los que habían sufrido tenían una memoria exacta. Eso explica por qué algunas personas son tan necias: vuelven a casa destrozados tras un día de ejercicio intenso prometiéndonos no hacerlo más para saltar la promesa ante una nueva prueba o salida al monte. Quizá tenga un sentido evolutivo: los cazadores cobraban sus víctimas por agotamiento. Si el dolor que habrían experimentado se grabara indeleblemente en la memoria sería difícil que volvieran a perseguir otro animal y nunca los hubiéramos llamado cazadores recolectores.

Hay ocho sufrimientos según Buda; nacer, envejecer, enfermar, morir, perder amigos, ganar enemigos, no conseguir lo deseado y recibir lo no deseado. Ser budista es refugiarse en Buda, el dharma y la comunidad para evitar el sufrimiento. Era la única forma de afrontarlo. La ciencia nos provee ahora de otras armas, pero no quiere decir que olvidemos que en nuestra mente y en los demás tenemos recursos para manejar el dolor.

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