Al oro

El vulgo y Mo Farah

15.08.2016 | 03:59

Aunque Nicolás Maquiavelo dice en El príncipe que el vulgo se deja llevar por las apariencias y por el resultado final de las cosas, y que en el mundo no hay más que vulgo, muchas veces las apariencias y el resultado final de las cosas coinciden con la realidad y el deber ser de las cosas. Nosotros, el vulgo, nos sentamos a ver la final de los 10.000 metros en los Juegos Olímpicos sabiendo que la apariencia de un Mo Farah corriendo en la cola del grupo durante las cinco primeras vueltas coincidía con la realidad de los últimos años, de forma que el genial Farah aceleraría cuando le diera la gana para ponerse en cabeza, ganar la carrera y enviar de nuevo a sus rivales kenianos y etíopes al psicólogo de guardia. Nosotros, el vulgo, sabemos que el resultado final de los 10.000 metros olímpicos en Río de Janeiro fue el que debía ser: primero el británico nacido en Mogadiscio Mo Farah, segundo el keniano Paul Tanui, y tercero el etíope Tamirat Tola. Nosotros, el vulgo, entendimos que la apariencia de ver a Farah por los suelos cuando quedaban quince vueltas para el final de la carrera no tenía nada que ver con el resultado final de las cosas porque ni por un momento dudamos de que el corredor británico se levantaría y, como cantaba Francis Cabrel, de un soplo volvería a la carrera como si nada, como si nada. Nosotros, el vulgo, somos sabios.

Hay atletas que, como Temístocles según el historiador Tucídides, son muy buenos tomando decisiones cuando apenas hay tiempo para meditar; y hay atletas que niegan a Hume cuando decía que la razón es esclava de las pasiones porque la racionalidad humana está condicionada por nuestros sentimientos y emociones. Mo Farah es de los segundos. Farah no tomó ninguna decisión en los impresionantes veintisiete minutos, cinco segundos y diecisiete décimas que duró su carrera de 10.000 metros porque no sólo sabía desde el principio lo que iba a hacer sino que, como el vulgo, sabía perfectamente lo que iba a suceder. Por eso su caída fue una anécdota, un detalle sin importancia, un adorno con el que Farah podrá aliñar la narración de la carrera cuando sus nietos le pregunten cómo fue capaz de hacer lo que hizo. Mo Farah es pura razón, sin colorantes de sentimientos ni aditivos de emociones. Los contratiempos de una carrera son esclavos de la razón con la que Farah encara cada competición desde que perdió el título con el etíope Ibrahim Jeilan en los Mundiales de atletismo de 2011. Farah sabe que nadie podrá con él. Me temo que los maravillosos atletas kenianos y etíopes saben que no podrán con él. Nosotros, el vulgo, sabemos que nadie puede con él.

¿Cómo demonios lo hace? ¿Cómo puede Mo Farah correr así, sin importarle viajar unas cuantas vuelta en el furgón de cola de la carrera? ¿Cómo puede acelerar cuando su razón le dice que debe acelerar, cómo puede resistir los ataques de atletas nacidos para correr los 10.000 metros, cómo puede deslizarse en la recta final de la carrera con la elegancia con la que Audrey Hepburn mira el escaparate de Tiffany en Desayuno con diamantes y con la facilidad con la que nosotros, el vulgo, somos capaces de emocionarnos con una carrera olímpica sin que se nos caiga la cerveza de las manos? No tengo ni idea. Las carreras de Mo Farah, como las diagonales de Messi o la mirada al tendido de Usain Bolt cuando sabe que le sobran fuerzas para ganar una carrera, son mucho más fáciles de reconocer que de definir. ¿Cómo se explica la formidable exhibición de las mujeres jamaicanas en los 100 metros? No se explica ni se define, se reconoce.

Nosotros, el vulgo, nos dejamos llevar en los Juegos Olímpicos por las apariencias y por el resultado final de las cosas, que es lo mismo que haría Maquiavelo si pudiera ver correr a Mo Farah en los 10.000 .

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine