Con mano izquierda

Los peligros reales de los mundos virtuales

29.07.2016 | 01:40
Los peligros reales de los mundos virtuales

Acaba de ver la luz un nuevo juego de los denominados de realidad aumentada que está causando furor entre sus usuarios. Ahora mismo es la app más descargada del año. Su finalidad estriba en cazar Pokémones (200 extraños seres que integraban una popular saga japonesa en los años 90) y algunos escenarios tan emblemáticos como el Parque Central de Nueva York o el Museo del Holocausto de Berlín se han llegado a colapsar ante las mareas humanas de jugadores en sus inmediaciones. Y es que lo que en él marca la diferencia es que obliga al individuo a salir de su casa, caminar y hasta correr para conseguir el objetivo, que no es otro que capturar todas las peculiares criaturas de la citada colección, combinando para ello el mundo físico real con GPS y videocámaras.

Esta clase de entretenimiento está suponiendo una auténtica revolución tecnológica no exenta de riesgos y de cuyo evidente éxito muchas personas, desde la estupefacción, nos preguntamos el motivo. Pues bien, para empezar, el invento en cuestión no precisa de ningún programa específico ni concreta consola para su funcionamiento. La plataforma escogida por sus creadores para difundirlo planetariamente es el vulgar teléfono móvil. Pero lo fundamental es que no se trata tan sólo de capturar la mayor cantidad de personajes virtuales en espacios reales. Se añade además la posibilidad de interactuar con otros internautas, competir entre sí y, lo más importante, compartir las hazañas a diario en las todopoderosas redes sociales.

Las consecuencias negativas no se han hecho esperar y van desde accidentes de circulación (hay quien se dedica a atrapar bichos volante en mano) a atropellos y aparatosas caídas, tanto en desnivel como a pie de calle. Se habla incluso de que ya se ha cobrado la vida de, al menos, dos adolescentes. No obstante, siendo muy alarmante que se ponga en riesgo la integridad física de los consumidores, lo es mucho más la obsesión que generan esta clase de videojuegos. Aumenta a cada paso el número de personas, sobre todo niños y adolescentes, que muestran algún grado de dependencia a los juegos on line y estas innovadoras alternativas pueden agudizar, si cabe, la adicción de un sector poblacional para el que la integración y la aceptación social viene determinada por la tecnología.

Para colmo, los datos personales requeridos para descargar dicha aplicación (claves, contraseñas, cuentas de correo?) ponen en riesgo la intimidad de quienes los introducen, revelándose su ubicación y quedando a expensas de la empresa propietaria, con el consiguiente peligro de ser compartidos con terceros en virtud del protocolo empresarial de información y completamente vulnerables cuando navegan por la red. Aunque está previsto modificar estos sistemas de acceso para garantizar la seguridad de los consumidores, de momento esa asignatura pendiente no pasa de ser un deseo.

Sin duda, urge estar atentos sobre todo a las conductas de los más pequeños y pedir ayuda si se detectan comportamientos agresivos o actitudes que evidencien síntomas de ansiedad, irritabilidad, competitividad desmedida o dependencia emocional hacia las máquinas. El control sobre las aplicaciones que se descargan, las informaciones que facilitan y los accesos que permiten es, hoy más que nunca, imprescindible, así como la limitación de horarios de la actividad y la supervisión de la misma, que han de llevarse a cabo con continuidad y máximo rigor. Sólo así se evitará que la lista de jóvenes que cada curso reciben terapia para poner fin a estas patologías se incremente.

Por último, alertar también de los beneficios que no pocos delincuentes están obteniendo gracias a esta descerebrada búsqueda de monstruos digitales. La sobrevenida obcecación popular por perseguir Pikachus les está suponiendo un lucrativo negocio. Su operativa consiste en citar a los cazadores en un determinado lugar para, con el señuelo del Pocket Monster, robarles hasta la entretela. A ver si así se enteran de que, en el mundo real, las heridas duelen. Y las estafas, también.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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