¿Ni siquiera yo soy imparcial?

13.07.2016 | 04:43
¿Ni siquiera yo soy imparcial?
¿Ni siquiera yo soy imparcial?

En los pueblos -en las plazas de los pueblos, he querido decir- están demasiado próximas las mesas del bar que se encarga de ofrecernos cerveza o vino malvasía; papas fritas en bolsas de plástico o bocadillos de mortadela. Tal cercanía, además de obligarnos a bajar la voz para guardar un poco la intimidad de nuestros comentarios, hace posible que nos lleguen con nitidez las opiniones de los demás. Opiniones que pueden estar relacionadas con la política o el erotismo, con la fiesta del Lugar o con Cristiano Ronaldo. Y como la llamada originalidad ha perdido, desde hace tiempo, eso que antes se llamaba imparcialidad, las conversaciones se han relacionado, sobre todo, con la política más reciente, donde la imparcialidad no hemos podido encontrarla en ninguna esquina.

Ocurre, además, que la política parece estar peleada con la historia. Con la Historia que se escribe con mayúscula, como cuando yo estudiaba. Y, claro, nos vemos casi obligados a leer lo que cada uno quiera meternos en la sesera, aunque tal contenido esté basado en simpatías de cada cual y antipatías contra quienes opinen de otro modo. Todo esto me hace recordar a un señor inglés, llamado Iam Gibson, además de a los canales 4 y 6 de televisión; y no cito a El País, porque no lo leo. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Lo de Iam Gibson lo he soportado cada vez que he leído algo suyo relacionado con el gran poeta Federico García Lorca. Lo de los citados canales de televisión puede verlo y oírlo quien quiera un día y otro, a una hora y otra.

De una mesa vecina nos llega este suculento diálogo:

-¡Qué dos desgracias ha sufrido la pobre España en esta semana pasada. Dos desgracias en dos días: la humillante derrota del fútbol español ante Italia y el triunfo en las urnas del repetitivo Rajoy. Esto sí que es una doble mala suerte.

-¡Hombre, yo lo que quiero es que haya gobierno cuanto antes! Y Rajoy tiene más votos que ningún otro partido.

- Pero es más de lo mismo.

-La verdad es que no sé qué decirte. También yo estoy un tanto perplejo. No por la victoria del PP, que me parece legal absolutamente. Pero no sé qué más decir. Apenas si entiendo de estas cosas. Lo que hago es repetir que me molesta la parcialidad.

Desde otra mesa, no tan cercana pero sí lo suficiente para enterarnos del diálogo, un hombre de mediana edad, no sé si de izquierdas o de derechas, asegura que está leyendo un libro de Juan José Millás, el cual se atreve a escribir que encuentra lógico (hablo por boca del señor casi colindante) que una persona diga que no tiene por qué creer en Dios, en el alma, en los espíritus, en los ángeles ni en nada que no se haya visto.

Pues muy bien. A Millás, a las cadenas de televisión que cité antes, al diario El País y al señor Iam Gibson debo decirles que sus opiniones ni me enfrían ni me calientan. Si ellos son felices así, creyéndose lo increíble, no seré yo quien les reste esa felicidad que les proporciona su actitud de ir en contra de todo. Para ellos solo cuenta su opinión, su partido político, su equipo de fútbol, la marca de su cerveza... En fin, ¡para qué seguir!

Lo malo para mí sería que cualquier lector opinara que tampoco yo soy imparcial. ¡Pues nada, señores, pueden ustedes decir lo que les guste! No me voy a sulfurar.

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