Luz de luna

Berta Cáceres

13.07.2016 | 04:43
Berta Cáceres
Berta Cáceres

No los conocemos hasta que sus nombres aparecen en el encabezado de la noticia de algún periódico junto a la palabra asesinato, en esas páginas hundidas en su interior por el aplastamiento de la información de la política nacional e internacional, o su imagen sonriente recorre la web mostrando que eran personas llenas de vida, a pesar de estar inmersas en una lucha intestinal en las que anteponían su ética y el compromiso con la naturaleza y la ecología antes que plegarse a las decisiones de gobiernos corruptos y empresas que crean planes de desarrollo con efectos destructivos.

El asesinato de dirigentes y activistas ecologistas pone a su vez en tela de juicio el modelo de relación que tenemos con la primera de aquellas, entendido como una forma de explotación de la misma en la que todo vale con tal de que la cadena capitalista no se detenga, abarcando la deforestación de las selvas, la apertura de minas a cielo abierto, la caza furtiva, los vertidos incontrolados de productos químicos en los ríos y el desplazamiento forzoso de comunidades indígenas, entre otros muchos ejemplos.

La hondureña Berta Cáceres (1971-2016) corrió esta suerte por oponerse a la construcción de una presa vinculada al río Gualcarque debido al impacto ambiental que tendría en unas tierras habitadas por el pueblo lenca, sabiendo muy bien que los ideales no se compran con dinero y que implicarse en este tipo de luchas implica un riesgo, más aún si encima eres mujer en una sociedad tan machista como la de América latina. Pero alguien tenía que dar la cara, ponerle voz a las injusticias y desmanes que se estaban cometiendo, advertir a la comunidad internacional del asesinato de lencas por defender su entorno, la alteración cultural y económica que ya se estaba produciendo y, sobre todo, que la naturaleza no era un producto de mercado al que se le podía poner precio para que cualquiera hiciese con ella lo que le diese la gana.

Sus ojos risueños eran el mensaje de que no somos dueños de este planeta, sino simples aves de paso que nos posamos en él momentáneamente, con el pacto de que debemos garantizar su preservación para que siga el equilibrio existente y comprender el enriquecimiento que esto revierte en nuestra calidad de vida. Aún así, hemos crecido bajo la idea de que todo lo que nos rodea está al alcance de nuestras manos y, por eso, podemos transformarlo a costa incluso de matar, ya que lo único que importa es el papel moneda, el último eslabón de una cadena que se inició cuando alguien señaló conscientemente un lugar considerado como atrasado y fácilmente vulnerable a la influencia del mismo.

Por eso, las empresas transnacionales cuentan con el apoyo de gobiernos y sus fuerzas de seguridad, que encadenan a su propia nación para permitir esta explotación y la alteración intensiva del medio, con un impacto ambiental irreparable. Berta se opuso a ello, consciente además de las amenazas que le recaerían porque frenaba el falso desarrollo, pero para mí fue una luchadora en primera línea de fuego, concienciándonos de la fragilidad del medio ambiente y la naturaleza, que deben estar por encima de los intereses políticos y económicos.

Ahora estará junto a Francisco Alves Mendes Filho (1944-1988), conocido por Chico Mendes, recolector de caucho y sindicalista, que trató de frenar a la deforestación de la Amazonía, y Dian Fossey (1932-1985), naturalista y zoóloga, que se dedicó a investigar y proteger los gorilas en África, asesinada en Ruanda al denunciar su caza furtiva e inmortalizada en Gorilas en la niebla (1988), protagonizada por Sigourney Weaver. La semana pasada le tocó a Lesbia Yaneth Urquía (1967-2016), compañera de Berta: su cuerpo apareció cerca de un basurero por oponerse a los mismos proyectos hidráulicos en Honduras en los que están implicados políticos del país. Había que silenciarlos para que impere el miedo, pero vendrán más como ellos porque seguimos sin aprender.

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