La Ciprea

El fútbol

11.07.2016 | 23:27
El fútbol
El fútbol

Cuando el apasionado del fútbol acaba de ver un partido en su casa o sale del campo de verlo en directo, la vida que le rodea da un vuelco. Todo parece más gris, más monótono, más triste. Todo vuelve a ser lo que era. El mundo queda despoblado de símbolos, de personajes heroicos en los que todos nos vemos o queremos vernos reflejados. Las insignias, los clamores, los gestos, se vacían de contenido y el tipo que deambula por la casa o por las calles de alrededor del estadio vuelve a sentirse solo, vulgar, sin un destino claro a perseguir. El partido ha terminado y con él los rituales que lo acompañan: las banderas, la música, la ropa? Mientras fuimos aquel jugador o aquel equipo, fuimos alguien, fuimos algo. Al desaparecer la sensación de grupo unificado por los mismos distintivos, reaparece el mundo real del que formamos parte y nos sentimos de nuevo un retazo de lo cotidiano. El triunfo o la derrota, vividas como un acto común, han terminado, y nos vuelve lo que consideramos mediocre, lo que vivimos a solas como seres vulgares. Atrás quedan la gloria del estadio, sus gritos de entusiasmo, las miles de voces que nos acompañaron y fueron nuestra propia voz, nuestra misma esperanza.

Según Vicente Verdú el fútbol tiene la posibilidad de involucrar a toda una sociedad ya que el lenguaje en el que se expresa está al alcance de todos y esto le otorga una gran capacidad de representación y, sobre todo, de movilización. El fútbol recoge pasiones individuales y las canaliza a través del grupo. El hincha busca en el fútbol una vía de escape para sus excitaciones. Su principio es vencer al contrario, y, si es posible, aniquilarlo. La agresividad es el germen de todo el fenómeno futbolístico. La violencia que genera se mueve en un fino equilibrio siempre amenazador por su posible desbordamiento. Por una parte se le conjura y por otra se intenta refrenarlo tratando de domar su fuerza y las consecuencias de esa fuerza.

La violencia del fútbol, lo mismo que su gloria, permiten la salvación de todo el grupo, la expiación colectiva. Esta expiación se revela en toda su magnitud cuando llega el momento del sacrificio. La masa que llena el estadio, unida por un mismo credo, alcanza el delirio frente a la figura concreta del chivo expiatorio que puede ser el árbitro, el equipo contrario, o los seguidores del equipo contrario que deben ser exterminados cumpliéndose así el fin de toda ceremonia ritual. El aullido proclama el éxito de tal sacrificio. El silencio que vuelve después es solo una espera que presagia la llegada de nuevos y quizá más duros rituales que calmen la excitación y la inestabilidad de la tribu.

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