In memoriam

José María Flores

10.07.2016 | 03:31

C onocí a José María Flores desde su más temprana infancia puesto que era íntimo amigo de niñez y juventud -que es la que forja la verdadera amistad- de mi hijo Ramón especialmente, aunque también de mis otros hijos y de mi finada esposa Josefina (q.e.p.d), con los que jugábamos sobre todo en las vacaciones veraniegas en nuestro chalé de la Punta del Hidalgo.

La vida fue avanzando y cada uno de los antiguos amigos Nacho Aldea, Mamel, Ángel Morales, Jorge Machado, Joaquín Riestra y tantos más, y mis hijos Felipe y Gaspar, y muchos más condiscípulos del mismo año de Secundaria terminaron sus brillantes bachilleratos con nota alta en la selectividad. Pero cada uno siguió su carrera universitaria según sus preferencias y probablemente antecedentes familiares.

Y José Flores, cuyos padres eran de carreras sanitarias, concretamente su recordada madre Pacola, que murió prematuramente, era farmacéutica y analista, y su padre José María Flores de Ligondes, era catedrático de Farmacia y jefe del Servicio de Farmacia de la Residencia Nuestra Señora de La Candelaria, habiendo tenido con él como perito judicial algunos juicios orales. Siguió la carrera médica con brillantes notas, especializándose en Neurología, ejerciendo como médico neurólogo del Servicio de Neurología del referido Hospital de La Candelaria, donde era el responsable de la Consulta Monográfica de Epilepsias Refractarias y presidente de la Sociedad Canaria de Neurología, adquiriendo un enorme prestigio como médico y humanista que trataba al paciente con plena dedicación, entrega y diálogo psicológico importantísimo, puesto que todas las enfermedades en realidad son psicosomáticas.

Aparte de su buen hacer como médico, hay que destacar su extraordinaria capacidad para hacer amigos de verdad, su extraordinaria habilidad para oír a todos los que tuvimos la suerte y el privilegio de conocerle -¡cuánto echaremos de menos sus consejos, sencillos y casi siempre a través de ejemplos muy gráficos y fáciles de entender!-, su optimismo, su sencillez? Siempre dispuesto a echar el hombro desinteresadamente.

Pero he aquí que el domingo 19 de junio, en horas de la mañana, acudió a un maratón, monte a través, organizado en las cumbres de Anaga, Las Carboneras concretamente, al que acudieron numerosos deportistas amateurs y pese a ser un asiduo de tal deporte que completaba su vida sedentaria de médico, formándolo íntegramente como ser humano y las periódicas revisiones cardíacas. Sufrió un ataque al corazón, al parecer un infarto masivo, que pese a la reanimación que se intentó inmediatamente a todo trance, no pudo recuperarse y triste y trágicamente falleció con sólo cuarenta y nueve años, ausentándose para siempre de nuestra presencia física, que no espiritual.

Su entrañable esposa Madi está abatida por el dolor, pero entera y la abrazamos todos los que acudimos al velatorio, con una entereza que solo puede dar la fuerza del espíritu, el amor inconmensurable a su esposo que siempre estará presente en su corazón.

A Madi y a sus cuatro hijos, María -que actualmente cursa estudios universitarios-, al igual que Ana y los gemelos Pablo y Bea Flores Ramos y demás familia y amigos íntimos, todos doloridos e impresionados por el fatal e inesperado desenlace, lloran su definitivo adiós con la esperanza cierta de una vida trascendente. Sea para todos ellos mi pésame más sentido y profundo.

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