La Ciprea

El síndrome de Cenicienta

05.07.2016 | 02:20
El síndrome de Cenicienta

Está documentado. Mi amigo Víctor Correa, un déspota ilustrado que hubiera sido un Carlos III si hubiera tenido la potestad de reinar, me explica con toda suerte de detalles que ese síntoma de victimismo, igualmente ilustrado, se da desde hace siglos en nuestras islas como bien ha expuesto José Eduardo Pérez Hernández en su Síndrome de Cenicienta aplicado a Canarias y, particularmente, a la realidad histórica de La Palma en el siglo XIX. La queja, el lastimero llanto de lo que merezco y no me dan, de lo que soy y no me reconocen, de lo que aporto y nadie comprende, o de lo que doy y nadie agradece, es un malestar extendido de pago en pago, de costa a costa. Gentes distintas de las distintas artes que se profesan, piensan y sienten que no se les valora lo suficiente y que las alabanzas y honores que se les deja de tributar son un defecto de los ciudadanos o de las instituciones que no entienden de literatura, de arte o de los diferentes oficios que ejercemos en estas tierras nuestras tan ingratas con sus propios hijos y tan dadivosas con lo ajeno.

Este síndrome es el resultado de una vida entregada a una causa que nunca ha recibido la compensación que soñaba obtener. Escribimos pensando que nos merecemos un premio, una edición, un reconocimiento; y lo creemos verdaderamente. No por vanidad solamente, sino por la voluntad creativa de saberse necesario en una sociedad donde las letras y las artes cumplen una función. Y lo mismo lo saben los que pintan, los que componen música, los que hacen esculturas, los que danzan o hacen teatro, etc. Y si esa recompensa a nuestros esfuerzos no llega, el síndrome se hace patente. Es entonces cuando pensamos que somos la más fea, la más abandonada, la cenicienta relegada a oficios de tercera categoría que espera infructuosamente la llegada de un príncipe salvador que nos coloque el zapatito de cristal.

La sensación de abandono que nos inunda al pensar que nadie nos entiende, que nadie nos evalúa en lo que hacemos, que nadie nos recompensa en la medida de lo que producimos y de lo bien que lo hacemos, es un síntoma que algunas veces llega a ser enfermizo. Nos persigue la idea de que nadie nos estima ni quiere lo suficiente; que somos invisibles a los ojos de los demás; que nuestro trabajo no es apreciado o retribuido adecuadamente y que, en definitiva, somos tratados injustamente por una sociedad ciega y sorda ante nuestras innumerables virtudes. Que, en resumen, nadie comprende lo bella y maravillosa que soy detrás de mis harapos y mi cubo de fregar, porque nadie ve más allá de sus estúpidas narices.

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