Fin de siglo

Turbulencias

04.07.2016 | 02:00
Turbulencias
Turbulencias

C onocí a alguien que cada día abría el periódico y se buscaba, aunque no había ninguna razón para que apareciera en sus páginas. Lo cerraba extrañado, melancólico. Ahora se asoma sin pausa a los diarios digitales, que se actualizan cada cuarto de hora. En quince minutos puede pasar lo que no ocurre en cien días. Significa que entra y sale de Internet en una especie de mete-saca delirante y agotador. Si entrara y saliera de ese modo de la panadería, lo detendrían por sospechoso.

-¿Adónde vas?

-A Internet.

-¿De dónde vienes?

-De Internet.

Hay gente que vive aquí y duerme allí o viceversa. Pero volver de Internet no es como volver de Valladolid. De Valladolid vuelves cansado porque has estado todo el día de acá para allá. De Internet, no, porque no te has levantado de la silla. Ha sido la realidad digital la que se ha movido. Pero tienes la impresión de avanzar entre los bits al modo en que la vista penetra en el dibujo de una perspectiva lineal con punto de fuga. Muy desasosegante, este trasiego entre la realidad analógica y la digital, más que ir y volver del médico con un diagnóstico innombrable.

En el avión, a mi lado, un tipo lee el periódico con el gesto del que se buscara a sí mismo sin hallarse. Imagino que se ha buscado primero en la sección de Deportes porque fantasea que es un gran tenista. Como no estaba allí, ha ido degenerando de sección en sección (Economía, Internacional, Política) hasta caer como última opción en Cultura, donde increíblemente tampoco aparece. Quizá, piensa, se encuentre en las necrológicas del día. Acude y, en efecto, se ve. Hay al menos alguien que se llama igual, pues tanto su nombre como sus apellidos son corrientes. Le veo cerrar el periódico con menos ansiedad de la que mostraba cuando lo abrió. Me lo ofrece y le doy las gracias, aunque no me gustan los periódicos manoseados ni la ropa interior de segunda mano. En ese momento cae un rayo muy cerca del ala del avión y el piloto anuncia por la megafonía que entramos en una zona de turbulencias. La vida.

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