Luz de luna

Votar no significa ser demócrata

29.06.2016 | 02:00

N o deja de ser curioso la concepción que tenemos de lo que significa democracia ni menos aún la facilidad con que algunos se desprenden de ella sin valorar su significado y los beneficios para nuestra sociedad, más allá incluso de las libertades individuales y los derechos imprescindibles para vivir con dignidad.

Hoy es domingo y en mi colegio electoral la gente va y viene como hormigas obreras para depositar su papeleta ante la tormenta que se avecina, con un presunto resultado que pondrá fin al encallamiento político en el que sigue inmerso este país y creyendo férreamente que a partir del lunes siguiente respiraremos con tranquilidad por solo actuar así. Somos prisioneros de un sistema que nos ha esclavizado, en el cual impera el poder de las fuerzas económicas, que ponen precio a la posibilidad de tener una casa o acabar desahuciado, crean desequilibrios a base de garantizar el afianzamiento de la división de clases sociales para que una inmensa mayoría asiente sus decisiones sin rechistar, y hacen marketing de la unidad y estabilidad de la nación a la par que te convencen de la necesidad de pedir un préstamo bancario a la Unión Europea para paliar una crisis que ellas han creado, protegiendo de paso a corruptos y empresarios que desvían dinero público a paraísos fiscales.

Todos sabemos lo que pasa y estamos lo suficientemente informados para detener esta locura, y ya no se trata de ignorancia, sino de voluntad y compromiso, de razonar las cosas y no convertirnos en sujetos pasivos que únicamente se sientan detrás de un televisor para escuchar lo que dicen otros o leer noticias y comentarios de prensa en las que anidan las mentiras y la desvirtuación de la realidad, parapetados a la defensa de las pasiones por unas siglas políticas y la desconfianza hacia quienes piensan de manera distinta a nosotros.
Digo todo esto porque me cruzo con uno de esos sesenteros que van de politólogos en pantalón corto, voceando ante un corrillo de mujeres que él ya ha cumplido al votar y que ahora ellos deben hacer lo propio, aludiendo a que los políticos reconduzcan la marcha de este país. Se trata de otro necio manejado como una marioneta que, a su vez, autoniega de su capacidad de exigencias reales en base a una participación más activa y de aprendizaje en la vida política. Dos minutos después, una mujer camina con paso firme hacia el mismo destino y le comenta a una conocida que estaba allí para cumplir con la obligación. Este último término resuena en mi cabeza durante un buen rato y dudo en explicarle que no se trata de un deber, sino de una decisión personal, y el hecho de que no lo haga no significa que no sea una demócrata, sino que no acepta a ninguno de los partidos políticos en liza ni tampoco ese sistema, pero tiene que respetar el resultado o bien luchar por cambiar las cosas.

En 2004 José Saramago presentó Ensayo sobre la lucidez, una interesante novela donde se hacía un llamamiento al voto en blanco y donde planteaba qué función jugaban los políticos que ya no nos representaban. Su pensamiento crítico sigue vigente cuando afirmó que podíamos quitar y poner gobiernos, pero no derribar el verdadero poder que son las estructuras económicas y financieras, como tampoco existe la democracia porque los gobiernos son comisarios políticos de aquellas, que descansan en el Fondo Monetario Internacional y en la Organización Mundial del Comercio, entre otras.

En la calle, una madre camina de la mano de su hija y le explica que aquello es un colegio electoral donde las personas mayores van a votar, pero no le indica que hacerlo no significa ser demócrata porque quizás ella tampoco lo comprende. Aún queda mucho trabajo por hacer y lo dice quien participa de ese mismo sistema, pero que desde hace tiempo quiere cambiarlo por otro totalmente distinto, aunque sé que mi libertad reside más allá de una simple papeleta.

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