El volcán de en medio

Circuito GP, TF-523

28.06.2016 | 11:30

D e vez en cuando nos reclama la cumbre y subimos a su encuentro a disfrutar de un día diferente y relajado. Días atrás, era sábado, enfilé la autopista en dirección a Güímar y de ahí hasta Arafo, para subir por la TF-523 en dirección a la cumbre. Como improvisado guía turístico fui mostrando a una amiga los maravillosos paisajes que se asoman en el horizonte, a medida que se va subiendo. Nos detuvimos en un mirador, al borde del Barranco de Tapia. Desde ese punto la panorámica es espectacular, justo en el límite de la corona forestal. Puede apreciarse, ese día nítidamente, el contorno de Gran Canaria, asentada sobre un mar de nubes que semejaban acercarla en la lejanía. El contorno de nuestra isla se perfilaba con claridad, desde el límite del Puertito de Güímar, pasando por el Polígono de Arafo, Candelaria y Caletillas. Compartimos el mirador con un grupo numeroso de moteros que descansaban en ruta y, relajadamente, disfrutaban del paisaje, charlando entre ellos.

De pronto un ruido brutal surgió de la parte inferior del barranco, todos nos asomamos al borde del mirador e intuimos, acertadamente, que unos moteros ascendían a cumbre a modo de competición que, como si de una estampida se tratara, lo abarcaba todo. Pudimos ver a tres moteros haciendo virajes inauditos en curvas de herradura, previas al mirador. Justo enfrente trazaron la curva a una velocidad imposible y a pocos centímetros de un sufrido ciclista que, en pánico, casi es arrojado al borde de la carretera. Un esperpento de competición, todo un alarde de temeridad poniendo en riesgo no solo sus vidas, también la del ciclista y los posibles conductores que circulaban por ese tramo. Pocos instantes más tarde asistimos al escalofriante descenso de esos candidatos a ser los protagonistas de un monolito con flores en curva mal trazada.

Tomé la iniciativa de advertir de lo que allí estaba sucediendo y llamé al 112, el teléfono de emergencias. Tras las presentaciones iniciales y explicarle a quien me atendió lo que estaba sucediendo, me solicitó unos datos y dijo que "quedara a la espera" ya que me iba a pasar con un responsable de seguridad. Extrañado, quedé a la espera y seguí quedando a la espera, entre avisos metálicos de que la conversación, inexistente, sería grabada y un tono que simulaba melodía. Por un momento creí ser el protagonista, en espera, de tele operador de compañía de móvil, pasándome al enésimo técnico que nada resuelve. Nadie había al otro lado, salvo el martilleo constante del "esta conversación está siendo grabada?". Tras más de 5 minutos de espera, opté por cortar la llamada. Quizás el responsable de seguridad se había ido a tomar el café de las doce. La próxima vez probaré en el 113, es posible que sean más diligentes.

En todo el trayecto hasta llegar a Las Cañadas del Teide, grupos de moteros nos adelantaron en maniobras de riesgo, a gran velocidad y jugando con el retrovisor del coche. Continuamos el trayecto, no sin haber adelantado a un par de ciclistas, que habían iniciado el ascenso por separado, pero de tan lenta que fue la subida, se habían juntado y se hicieron amigos.

Terminamos jornada en Ifonche, con el imponente Roque del Conde al fondo y una mesa en cristalera, con un buen escaldón, unas chistorras y costillas a la brasa. Naturalmente, no podía faltar un quesillo hecho al horno de leña, que no les hablaré del sabor, sólo les recomiendo que "pasen y prueben". Añadir, a modo de colofón, que en todo el trayecto no vimos a la Guardia Civil de Tráfico por ningún lado. Es de suponer que estarían apostados en un rincón de una carretera cualquiera, a la busca y captura de los incautos automovilistas, protagonistas de recaudación encubierta de impuestos, que superasen el límite de velocidad por décimas. Eso sí, ni los más viejos del lugar recuerdan que en ese punto hayan atropellado ni un despistado conejo.

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