Tribuna abierta

Mariano, robot

23.06.2016 | 02:00

E l presidente en funciones y candidato de incierto futuro se esfuerza. Mueve la nariz y las cejas para mantener las gafas sobre sus párpados rojizos y esboza una mueca en la que el gesto de sorpresa del español de turno se fusiona con esa cauta cerrazón de los gallegos. No obstante, al igual que aquellos reproductores VHS que enredaban la cinta porque los habíamos usado demasiado, nuestro hombre en funciones ya no es capaz de reproducir correctamente lo que sucede. Mientras Rajoy corría lento o caminaba rápido o quién sabe qué por los tortuosos caminos de España, la multitud zarandeó vallas y tomó plazas y enseñó las tetas en la iglesia. El entonces presidente no supo cómo reaccionar ante tanto espíritu indomable y se puso tenso y dijo disparates desde los atriles, timoneando en medio de las tempestades de Bankia, Bárcenas, Valencia... Finalmente todo naufragó y el PP pasó de ser considerado un partido serio, sólido, liberal y atractivo para los pobres (según Esperanza Aguirre) a ser la gran estafa, el gran descaro, la gran evasión. Génova le dijo a Rajoy que ya no podía salir por la tele con su distancia y sus papeles, pues había por ahí unos muchachos que hablaban demasiado, así que el hoy candidato fue sustituido unos meses por Soraya mientras él, en los talleres de Génova, se sometía a una renovación de hardware y software, pero, en la sede, la investigación y el desarrollo cojean. Salvo un camarero del bar de enfrente que siempre fue informático, los barones no encontraron a nadie capaz de sumergirse en los circuitos de Rajoy y reprogramar el tinglado, por lo que el presidente, hambriento de calles, se levantó y salió a las anchas avenidas como aquel Robocop que nos dejó claro que para ser justo hay que ser humano, aunque seas robot. Así, el nuevo Mariano se quitó la corbata y fue a charlar con Bertín. La táctica de ser el líder sensato que desconoce la cara B de su partido junto a ese toque vintage que, todavía hoy, conservan ciertas oficinas ancladas en los noventa, es su marca, su forma de mantener a muchos viejitos tranquilos porque, mientras todo cambia una barbaridad, ahí está él, sin conexión, incapaz de asumir su propia obsolescencia. Por eso Rajoy, en los debates, intenta defender cosas que no entiende muy bien como el crecimiento de una forma de empleo que se basa en la mentira estadística, pues todos sabemos que la mayoría de los puestos de trabajo que se han creado en los últimos tiempos duran menos que una relación de amor entre ninis. Él se esfuerza en explicar que eso no es así, que la gente trabaja y Zapatero tiene la culpa. Y ahí es cuando se lía, rebobina incorrectamente y raya la cinta porque tiene los cabezales sucios.

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