Retiro lo escrito

Votos y convicciones

22.06.2016 | 02:00

Un centenar de escaños no es una mayoría de gobierno, aunque con un centenar de escaños se puede encabezar y dirigir un gobierno. Una mayoría de gobierno –por poner un ejemplo clarificador– es la que consiguió Felipe González liderando al PSOE en 1982, una victoria amplísima que fue seguida por triunfos contundentes en 1986 y 1989. Quizás no sea superfluo recordarlo, porque la propaganda electoral de Podemos –como intenta hacer la del Partido Popular en su clave jubilata y mesocrática– pretende sostener la mística de un país que se levanta de las cenizas del Estado de Bienestar y de su propia resignación para reconstruirse para la libertad y la justicia y todo eso. Pues no. No serían una mayoría, y eso a pesar de su magnífico trabajo propagandístico, de su astucia estratégica y de la importante transversalidad que han conseguido con su voto.

Pero el muy considerable y rápido crecimiento de Podemos, que podría convertirse el próximo domingo en la segunda fuerza parlamentaria, esa misma transversalidad que le permite cosechar apoyos entre el precariado veinteañero y el funcionariado cuarentón, entre los que votarán por primera o segunda vez y los que añoran la inocencia del felipismo inicial, entre los habitantes de grandes capitales y los vecinos de modestas capitales de provincia plantea un problema que cualquiera puede constatar manteniendo algunas conversaciones, incluso por Twitter. Pablo Iglesias y la cúpula de Podemos saben perfectamente que van a obtener dos o tres millones de votos que no son, estrictamente, votos de izquierda, y menos aun de extrema izquierda. Son votos que en un pasado reciente se dirigían al PSOE o a la abstención, votos que reclaman cosas muy concretas: medidas draconianas contra la corrupción política, una reforma institucional que refuerce las garantías democráticas, más trabajo pero con condiciones salariales y laborales más dignas, la recuperación financiera del débil y limitado Estado de Bienestar español.

No son ciudadanos que se desesperen por la llegada de un régimen republicano, ni que sueñen con la destrucción del capitalismo fulanístico o que suspiren por un nuevo modelo social o que anhelen la desaparición del patriarcado y la heteronormatividad. Y, sin embargo, muchos cargos públicos y cuadros de Podemos se van a tomar los resultados de las urnas no como un respaldo a una oferta programática, no como un voto de castigo al estatus quo, sino como una identificación con sus convicciones ideológicas. Militantes de Podemos o de Izquierda Unida que creen honesta y sinceramente que los votos que obtendrán serán de gente que si no militan en Podemos o en Izquierda Unida es por pura casualidad. Cuadros y cuadros que cuando oyen eso de que quien gobierne tiene que hacerlo para todos –un principio básico e insorteable de cualquier democracia representativa– niegan con la cabeza porque ellos saben muy bien lo que hacer, porque ellos defienden al pueblo, y el pueblo, verbigracia, son las mareas ciudadanas, no los que se quedan en casa o son unos jodidos liberales. Será muy interesante asistir a esta situación si Podemos llega al poder. Con armadura puesta, por supuesto.
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