Luz de luna

Homofobia

22.06.2016 | 02:00

A hora resulta que los asesinatos cometidos en la discoteca gay de Orlando (Florida) fueron un ataque a la libertad y los derechos de los ciudadanos estadounidenses, en otra muestra de que su país es un claro objetivo para el Estado Islámico y que es necesario replantearse tanto la guerra contra este grupo terrorista como apuntillar aún más la islamofobia, no vaya a ser que su idiosincrasia corra el riesgo de desaparecer, tal y como pregonó a los cuatro vientos Donald J. Trump, candidato a presidente del Gobierno y ejemplo de representante de la xenofobia, la homofobia y el machismo.

Esa no es la verdad, sino otra muestra de la manipulación de la información para no decir claramente que molesta ser gay, lesbiana o transexual en una sociedad donde lo que impera es el fanatismo religioso, el amor por la posesión de las armas como garantía de la independencia y la seguridad individuales o del grupo al que se pertenezca, y la defensa del modelo a ultranza de la familia nuclear o tradicional, que hunde sus orígenes en el capitalismo industrial en el que el proletariado se convirtió en una población urbana creciente cuyo cometido era alimentar y consolidar la producción y garantizar así la reproducción de la fuerza de trabajo, con la cual contribuía a darle vida a dicho sistema donde los hombres eran asalariados a su servicio y protegían a las mujeres y los menores de edad.

La democracia no existe cuando a una persona no se le permite ser libre sexualmente y, por el contrario, se le trata como un enfermo al que hay que curar con urgencia para extirpar de raíz el mal que le corroe e insertarlo de nuevo en esa sociedad capitalista, lo mismo que cuando otros médicos afirman que la homosexualidad no es una enfermedad, pero que sí se corresponde con una anomalía que hay que respetar, lo que equivale a repetir ese mismo discurso retrógrado, aunque de manera más suavizada. La Iglesia también juega su papel de carcelera en esta persecución al presentar a los homosexuales como una aberración de la naturaleza, vulnerando ese principio del matrimonio entre hombres y mujeres basado en la idea del paraíso donde habitaban Adán y Eva, esta última un instrumento en manos del hombre y al cual le debía sumisión y obediencia, pues nació de una de sus costillas, garantizando la supervivencia del modelo de familia patriarcal que se combina con el referido de familia nuclear. Quien vulnera las leyes del Señor no es digno de tener fe en él ni menos aún de llamarse cristiano, otra privación de libertad frente a los intereses creados de control social a través de la espiritualidad y el adoctrinamiento religioso, a la par que surgen numerosos casos de pederastia de religiosos que piensan de esa manera y actúan en la alcoba de otra.

La homofobia nace de quienes no saben lo que significa la palabra amor y expresan el odio que les alimenta a través del autoritarismo con el afán de tener el poder en sus manos e infundir el miedo en los demás para someterlos a su voluntad; es el rechazo a lo diferente, al pensamiento único embotellado que se nos da de beber para dejarnos con la sensación de pánico porque puede desestabilizar todo lo que nos rodea, como un virus que nos condena a postrarnos en la cama; y es la ausencia de sensibilidad y raciocinio en un mundo donde impera la supervivencia y unos valores de competitividad, desconfianza, acaparamiento y materialismo.

Ese es el mensaje que se nos trasmite una vez tras otra en forma de tortura mental y que hay que repudiar el beso entre dos mujeres u hombres, pero en realidad son ellos los que han roto las cadenas de la esclavitud mental al anteponer su felicidad a las doctrinas religiosas, los pensamientos políticos y el fanatismo de quienes se amparan cobardemente detrás de un arma para imponer sus ideas matando voluntades.

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