La Ciprea

Solo música

21.06.2016 | 02:00

Esta semana no hay violencia ni muertes ni naufragios. Esta semana solo hay música. El hombre ya no es un lobo para el hombre ni su alma una fuente de ignominias. Solo es música. Una orquesta sobre un escenario. Un piano en el vacío de un escenario. Un pianista y la vida en sus manos adquiriendo dimensiones inesperadas. Es la música. Es la música que nos eleva a cotas muy altas. Y uno crece, se agiganta, se hace por una vez el verdadero rey del mundo. Alguien debió escucharla cuando preparaba su teoría sobre la evolución de las especies. Alguien tuvo que presenciar el vuelo de unas manos sobre el teclado de un piano de cola para exclamar, convencido, que lo era. Porque no hay nada más hermoso que esas manos recorriendo las pequeñas piezas blancas y negras interpretando los sonidos que un día compusieran para ellas Beethoven o Debussy para entender lo grandioso que puede llegar a ser el ser humano.

En el Festival de Música celebrado del 3 al 18 de junio en el Teatro Circo de Marte de Santa Cruz de La Palma, hemos podido comprobarlo. Nombres, instrumentos, programas, se alzaron para conmemorarnos como una especie capaz de producir las más altas creaciones musicales, las más elevadas piezas compuestas por quienes no sabrán nunca lo que hicieron de nosotros en un momento dado cuando ya desesperábamos de encontrar algo a nuestro alrededor que pudiera devolvernos la fe en nuestros semejantes. ¿Sabrá Max Bruch que su concierto para violín en sol menor, Op. 26, escrita hace 150 años iba a levantarnos de nuestros asientos para vitorearlo a él y a Eric Silberger quien a pesar de su juventud fue capaz de hacer hablar ese violín de J. B. Guadagnini de 1757 en un adagio que te recorre cada una de las venas del cuerpo haciéndote sentir sublime y perfecto? ¿Sabrá Camille Saint-Saëns que su concierto para violonchelo y orquesta n.1 en la menor con David Apellániz tocando el violonchelo, iba a hacernos olvidar por unos minutos de nuestra vida, guerras, incendios y masacres y a hacernos sentir que pertenecemos al mundo de los dioses?

No. No lo sabrán nunca. Ni Shumann, ni Rachmaninov ni Beethoven ni tantos otros que durante quince días han llegado a nuestros oídos y a nuestros maltratados corazones para indicarnos que aún quedan esperanzas. Que la música está ahí, siempre ahí, para liberarnos de corrupciones, mentiras y sinsabores. Que aún quedan hombres preocupados por salvarnos y redimirnos de tanta tristeza y se ofrecen para organizar algo tan digno de aplauso como este festival que ha estado a la altura de una isla que agradece de rodillas este regalo que nos ha hecho su director, Jorge Perdigón, y las instituciones que lo han respaldado.

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