Luz de luna

Cortando el viento en la 8KM Orotava

15.06.2016 | 15:24

S iempre lo recordaré cortando el viento, bañado en el sudor de su esfuerzo diario y haciendo de cada paso su lucha personal contra el tiempo y los obstáculos perennes de la vida, mientras sus manos se convierten en el motor de un cuerpo que lo hacen grande en el mundo del deporte y necesarias para suplir a quienes se sumieron en un sueño profundo del que nunca despertarán.

Nos cruzamos por primera vez hace unos años en mi centro de trabajo: apareció de la nada con paso firme y decidido, junto con una mirada imponente y cincelada en mármol, acompañada de un cuerpo bien formado que dejaba entrever esa condición de deportista; en su cara descansaba una mueca, mezcla entre seriedad y la enorme sonrisa que ahora sé que despliega muy a menudo, a la par que intuía que era el centro de atracción para multitud de personas bípedas acostumbradas a la rutina del blanco y negro de su universo donde la idea de globalización no iba más allá de lo que representaba su entorno y la realidad virtual que las hacía supuestamente felices.

Su interés por el título de un libro determinado y la manera en que me lo pidió me hicieron comprender que era la primera vez que se acercaba al mismo y que buscaba respuestas a un estadio personal en el que necesitaba reafirmar valores o saber encontrarse a sí mismo. Tal vez nada de esto era cierto, pero en ese momento fue lo que sentí o más bien lo que él me transmitió. De nuevo, un libro se cristalizaba en ese amigo silencioso en el que descansar y ordenar tus pensamientos, sopesando los éxitos y fracasos, la señal de un camino en el que estás parado desde hace tiempo y no sabes qué dirección seguir. Por este motivo, me decidí a explicarle por qué su autor lo escribió y que se había convertido en un referente literario universal para distintas generaciones, y aún así continuaba parco en palabras, aunque generoso en la atención que me prestaba, lo mismo que cuando le hablé de una amiga que también fue deportista y que, como él, cada día corta el viento acompañada de su inseparable Pantera.

Se fue tan rápido como llegó, con sus defectos y virtudes, calibrando si el tribunal popular de aquel lugar donde estábamos continuaba juzgándolo por su reducida movilidad, tal y como lo hacen en otros muchos lugares, pero sabiendo que estaba construyendo una personalidad fuerte a base a aprender a valerse por sí mismo y sin tener que pedir nada a nadie, venciendo obstáculos a golpe de riñón y con esas manos donde proyectaba toda su fuerza y un coraje que a día de hoy no han cuestionado dónde están sus límites.

De nuevo, el año pasado nos encontramos casi a la altura de estas mismas fechas. Su figura desprendía un inseparable halo de perseverancia y superación, imbuido en el mismo hermetismo que rompía a ráfagas con esa sonrisa de quien ha madurado tras pasar un calvario oculto en el pozo de su corazón. Nos fotografiamos con un grupo de conocidos y, al despedirnos, me volví hacia él, extendiéndole la mano para desearle suerte, sin atrever a preguntarle qué le pareció El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

Muchos días me acuerdo de ese chico llamado Norberto Chávez Oliva, un trialeta aparentemente encadenado a una silla de ruedas, pero que huye tan rápido de la compasión de los demás como pedalea en su handbike por las abruptas y adoquinadas calles donde se celebra la 8KM Orotava, una carrera nocturna en dicha villa que potencia el deporte adaptado y que crea conciencia sobre los obstáculos con que se encuentran los discapacitados para hacer una vida normal. Por eso, cuando todo parece perdido, busco en su ejemplo el espejo en que reflejarme, sabiendo que debajo de esa coraza late un principito que muchas veces se ha sentido solo y minúsculo en el planeta que habita, pero cuya inquietud le hará romper el horizonte.

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