La Ciprea

Devorar las vidas ajenas

13.06.2016 | 23:04

K en Bugul me dijo un día: "Hay personas que viven y personas que quieren vivir". Me lo dijo una tarde paseando por Santa Cruz de La Palma. Durante los días que estuvimos juntas compartimos conferencias y encuentros con públicos diversos donde ella y yo hablamos (yo de ella y ella del mundo que la había rodeado) e intercambiamos pensamientos y piel. Nos sentíamos bien juntas. A veces alguien llegaba a nuestro lado y era como si nos pincharan con un clavo ardiendo. Reaccionábamos al unísono, nos mirábamos, y con la mirada declarábamos non grata a quien nos producía tal rechazo. En ese momento nos replegábamos como un caracol y nos aislábamos del entorno. Era mágica esa relación, esa rara comunicación que nos hacía identificarnos la una con la otra. Concretamente había un tipo de personas que causaban ese efecto en nosotras: las que hablaban por boca de otros; las que vivían a costa del alma ajena.

Para Ken Bugul existían dos clases de seres humanos: los que existían por sí mismos y los que existían a costa de otros; los que tenían vida propia (naturales, vibrantes, y llenos de energía) y los que llegaban a chupar la vitalidad y la fuerza de éstos; los que estaban vivos y los que procuraban sobrevivir intentando ser lo que no eran. Individuos que intentaban imitar lo que no habían sabido ser por sí mismos. Y lo hacían a costa de quienes sí lo habían hecho. Personas que copiaban los sufrimientos y eran las que más habían sufrido; copiaban el amor de quienes habían amado y ellas habían amado más que nadie. Y lo peor: aún se atrevían a mentirse a sí mismas y declarar que eran las protagonistas de historias que nunca fueron suyas.

Ella, que había conocido el dolor y el desprecio, las humillaciones y violencias de los otros, el maltrato de los hombres, de otras culturas y otras razas diferentes, olfateaba a quienes tenían la desfachatez de querer representar esas vivencias como si hubieran sido los héroes de tales historias. ¿De qué hablan? Me decía. ¿Sobre qué hablan? Repetía. ¡Qué sabrán! Y se quedaba callada y como bloqueada en su asiento. Se abrazaba a sus chales de colores, se tocaba el pañuelo de la cabeza y luego se acercaba a ti que permanecías en silencio y te acariciaba la cara y el pelo con el gesto irrepetible de las madres protectoras. Madre África llegaba a ti en todo su esplendor con los colores del universo y las palabras precisas. Tú estás viva. Me decía. Tú has sufrido como yo. Añadía. Eso que ves y oyes es solo una mala copia de lo que tú y yo somos. Ellos están, sencillamente, muertos.

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