Luz de luna

Violaciones de mujeres

08.06.2016 | 02:00

L a violación colectiva de una mujer en Brasil la semana pasada a manos de treinta hombres y la posterior publicación en las redes sociales de comentarios y fotografías por esos mismos delincuentes, donde se jactaban de haber utilizado impunemente el cuerpo de aquella para dar rienda suelta a todas sus depravaciones, puso de manifiesto que el sexo masculino sigue considerando a su opuesto como un objeto que puede utilizar a su antojo, un ser totalmente desnaturalizado cuya única función es servir a sus necesidades y bajo un régimen de derecho y posesión sin discusión alguna.

La repugnancia de este delito supone una destrucción física y moral de quien la sufre, imposible de reparar por ningún medio, por más que la Justicia se afane en arrestar y condenar a los presuntos culpables, a la vez que reafirma el comportamiento histórico del hombre de creerse el dueño de la vida y del cuerpo femenino, sin mostrar el más mínimo síntoma de arrepentimiento porque quien actúa de esta manera, lo hace conscientemente y con un fin premeditado, amparado además en la coacción.

Las violaciones de mujeres están presentes a lo largo de todo el planeta y en algunos países como la India forman parte de su idiosincrasia, algo que no alcanzo a entender ni tampoco lo pretendo, hasta el punto que se comercia y se abusa de ellas desde que son niñas; una sociedad que se comporta así es atrasada e irracional, donde se le da más preponderancia a tener armas nucleares y no atropellar una vaca porque es un animal sagrado que erradicar esta lacra, perpetuada siglo tras siglo con el amparo de políticos y religiosos, los mismos que reprimen toda forma de protesta para que el machismo y el patriarcado se perpetúe.

Europa tampoco es ajena a esta impunidad, afectando incluso a las refugiadas procedentes de Siria, que la han sufrido en sus carnes tanto en su trayecto de huída por distintos países de dicho continente como en los propios campos de refugiados de Turquía. Nos enfurecemos y gritamos de rabia, solidarizándonos con las que han salido a la calle por toda América latina enarbolando pancartas en las que se podían leer mensajes ensangrentados, pidiendo el fin del trato denigrante hacia ellas y que todos entiendan de una vez que sienten y padecen mucho más incluso que los propios hombres. Pero la realidad es que aquí, en esta Europa egocéntrica y llena de soberbia, también violamos un día tras otro a muchas mujeres, no solo físicamente, sino incluso con el pensamiento y la palabra, con lo cual nada nos diferencia de esas otras sociedades que llamamos atrasadas o en vías de desarrollo, salvo el concepto capitalista implícito en ese marco comparativo. Esta forma de proceder queda patente cuando a las deportistas se las valora más por sus prendas de vestir ceñidas que por sus logros y esfuerzos; si alguna se convierte en jefa de la policía, entonces surgen los comentarios obscenos relativos a los posibles métodos que habrá empleado para alcanzar ese puesto (y estoy utilizando un lenguaje suave para no hacer uso de términos insultantes que están en boca de quienes piensan así); y si alguna destaca en política, lo primero que hacen esos depravados y machistas es enfatizar que deberían estar en sus casas cuidando de sus hijos y entender que solo valen por lo que esconden en la entrepierna.

Lo acaecido en Brasil no es nuevo, pues quedó reflejado incluso en el relato Blanco y negro del argelino Yahia Belaskri, donde unos hombres anónimos celebraban la victoria de su equipo de fútbol violando una y otra vez a una mujer, uno de los cuales regresaba luego a su casa para acostarse a dormir, inmerso en las paredes de su chabola, rodeado de miseria, con hijos malnutridos y una esposa que consentía el comportamiento de su marido para sobrevivir. La mujer vejada de esta manera pierde su honor y dignidad, y entonces cobra fuerza la idea de proceder a su castración como respuesta efectiva hacia quien se siente por encima del bien y el mal.

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