Retiro lo escrito

Todo o nada

03.06.2016 | 23:35

Después del verano esto se va a poner muy desagradable. Mucho. Habrá un gobierno encabezado por el PP y se procederá a recortar presupuestariamente cientos de millones de euros o habrá un gobierno de Podemos y –después de un pequeño entremés con viajes dramáticos e interminables negociaciones nocturnas: unos 90 días– se procederá a recortar presupuestariamente cientos de millones de euros. Y en los dos siguientes años un dos o tres centenares de millones más. Para los que no pueden o quieren apartarse la coleta de los ojos solo tienen que comprobar lo que ha hecho Alexis Tsipras: cumplir escrupulosamente con el calendario de la deuda, pedir más pasta al Eurogrupo (más de 10.000 millones de euros) y subir los impuestos y la edad de jubilación mientras el modesto crecimiento económico del último año y medio se evapora. Por supuesto, Pablo Iglesias no cita ya a Grecia ni hablando de Eurípides. ¿Y los logros del gobierno socialista en Portugal, apoyado por los comunistas y los ecologistas? Lo más brillante ha sido la subida de las pensiones y del salario mínimo en cuantías que no llegan al 1,5% anual. Son realidades inmediatas de las que las izquierdas no hablan ni antes, ni durante, ni después de las campañas electorales, como no se habla prácticamente de la crisis del proyecto europeo, a pesar de que solo desde la UE –consejo, parlamento y eurogrupo– puede articularse una alternativa a la disciplina fiscal y la austeridad presupuestarias como varitas mágicas que no consiguen apuntalar un crecimiento económico apreciable y sostenido, y en cambio destruyen la cohesión social y los derechos ciudadanos que legitimaban el federalismo europeo. El presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, ha advertido que la comunidad autonómica "no tolerará nuevos recortes". Pero para que tal cosa fuera factible este país debería ser convincente a la hora de plantear que la profundización de la crisis económica, el freno a la tímida recuperación del empleo y la fractura social llevarían a una situación escasamente controlable de inestabilidad política. Para que la advertencia de Canarias, en definitiva, sea tomada medianamente en serio en Madrid, el Gobierno debería contar con las fuerzas parlamentarias, con los sindicatos y con los empresarios en un frente común.

Y eso se me antoja extraordinariamente difícil. La élite empresarial canaria debería ser un poquito menos suicida y algo más consciente de la terrible delicadeza de la situación, porque corre el riesgo de ahogarse en sus jacuzis, aunque siempre se pueda emigrar a algún sitio mullido. Está en juego que Canarias sea un país viable en los próximos años. Nos acercamos a un instante histórico donde nos jugamos el todo o la nada de Canarias como proyecto político y espacio de convivencia social.


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