Zigurat

Lectores cómplices

04.06.2016 | 02:00

E s del todo habitual. Se agradece. Supone una reconfortante consideración ya que en el posible suplemento cultural –sea de una revista, sea de un periódico frecuentemente abordado– se recoja puntualmente avezadas opiniones expresadas por buenos o atrevidos críticos acerca de interesantísimos temas como el arte, música, historia y literatura, por citar algunos afanes creativos luego plasmados en artículos. A veces el lector, que puede y hasta debe inscribirse en la categoría de cómplice, cae en la cuenta de cuál la verdadera intención –o sospechar acerca de la misma– del crítico de repetido turno, su presunta afinidad con el escultor, pintor, fotógrafo, cineasta, historiador, compositor, poeta, narrador, novelista o ensayista de tal o cual editorial, y, también, su probable grado de cotizada complicidad con la empresa que amparaba o desamparaba al autor X, Y o Z. Mas, no acaece siempre así y es que existen lectores cómplices, y también críticos, pongamos por caso, con la persona que se atreve en generar dudas, certezas, intrigas, convicciones, reflexiones y hasta sembrar insomnios. Pudo así suceder cuando el libro en cuestión fue tomado a título de préstamo en un viejo establecimiento en el que abundaban versátiles chicles, alargadas pastillas, codiciados caramelos, esféricos boliches, negras regalías, multicolores sobres conteniendo polvo para lograr líquidos refrescos, y toda suerte de chucherías. En ella se refugiaban escolares fugados del espacio donde rendir sus deberes procediendo a sumergirse en leer entretenidos ´colorines´ o canjear cromos. Se trataba [el libro] de un texto clandestino, quién sabe si impreso en imaginadas ciudades bulliciosas, alojadas en un lejano continente de coincidente idioma, y debidamente abonado al propietario del establecimiento el importe del libro prestado. Podía estar publicado en Argentina o Méjico, o sacado a la luz en una avanzada por contestataria editorial valenciana [Editorial Prometeo], fundada en 1914 por Vicente Blasco Ibáñez, Francisco Sempere y Fernando Llorca, libro entregado al lector cómplice después de ser tomado de deliberados anaqueles clandestinos, y leídas con fruición sus añosas páginas, textos puestos a escondidas o colocándoles fundas que pretendían ´invisibilizar´ la portada original o en las que se fijaba las pupilas cuando quizá se estaba de sargento o cabo primero voluntario en el cuerpo de guardia de un silencioso pero siempre expectante batallón de infantería, y la pistola reglamentaría [Astra] dejada reposar en una de las gavetas, después de serle retirado el correspondiente seguro al arma.

En numerosas ocasiones el lector puede y debe convertirse en cómplice de sus búsquedas y hallazgos. Doblemente cómplice, sobre todo con el libro, al igual que lo pudiera realizar los incendiarios protagonistas de la tan magnífica novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451. También el afán de censores y pesquisidores, tan abundantes en las tiranías.

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