Luz de luna

Las alfombras del barrio de San Juan

01.06.2016 | 02:00

U n día llegué de prestado a la calle Marqués tras la invitación de un par de conocidos: uno de ellos me acompaña ahora como amigo y el otro ha borrado sus huellas, diluidas en el propio arte efímero en el que participamos bajo ese manto de ilusión y horas compartidas, sin otro fin que disfrutar de lo que nos hace felices.

Muchos consideran al barrio de San Juan de La Orotava como el hermano pobre del casco histórico de esa localidad y esto también se aplica a la confección de sus alfombras por la festividad del Corpus Christi, pero en realidad se trata de un espacio que ha sabido mantener sus señas de identidad a base de conservar y divulgar sus tradiciones, vinculadas a la religiosidad y la vida de campo e impregnadas de un ambiente familiar en el que todos participan libremente, a la vez que se inculca el relevo generacional como garantía de su supervivencia.

Sus vecinos han forjado una impronta única, a la que han sabido darle continuidad con los años, de ahí que sus calles adquieran un componente más cercano, sintiendo el latir de su corazón al pasar las manos sobre ellas. Las casas de altas paredes se despiertan con el trabajo previo de días atrás en los que se han preparado los materiales, madurado las ideas y cocinando la ilusión. Todo está limpio y claro, bañado en tranquilidad y saludos cotidianos. No existe esa presencia altiva de las alfombras del casco de la Villa; aquí las cosas transcurren a un ritmo más acompasado, entre ancianos que pasean tras comprar el pan y las niñas y niños que se desperezan jugando con pétalos de flores, entre el sonido metálico del tintineo de las reglas para medir y marcar cuadrículas y quienes comienzan a pegar sobre ese mismo suelo el enorme papel Kraft a modo de plantilla, sin olvidarnos de las tizas de colores, que crean imágenes tan reales como imaginarias en esta fiesta del arte que une a creyentes y agnósticos.

Aquí no encontraremos los elementos nobles de las afamadas alfombras de pétalos de flores y eso supone hacer un acopio de recursos entre los participantes para complementar los escasos con que se les dota desde el Ayuntamiento. Precisamente, han sabido hacer frente a este hándicap a base de la originalidad, sin desmerecer por ello el trabajo final, utilizando una diversidad de materiales teñidos, caso por ejemplo del serrín -procedente de las carpinterías cercanas-, el arroz y la marmolina, esta última muy barata y basta y con muchas limitaciones cromáticas, acompañados además por el pan rallado, el pino tronchado y el papel de seda del CEIP Ramón y Cajal.

Hay un ambiente a complicidad perceptible en las miradas, el jolgorio y el propio esfuerzo, aunque a veces también envuelta en cierta competitividad y curiosidad hacia la alfombra próxima, aunque se acaba mitigando. El sol se despereza, cubriendo esa y otras calles anexas sin dar tregua a la más mínima sombra, incidiendo con la suficiente luminosidad para convertirlas en un teatro de historias y vigiladas por la autoridad que desprenden los ojos de las mujeres mayores tras sus gafas de pasta, que te saludan al pasar delante de ellas con respeto y cierto reparo hacia el desconocido. Sobre esas aceras no se amontona ninguna marabunta, y propios y extraños se detienen con tranquilidad para disfrutar de los gestos meticulosos de tus manos y del color negro del brezo tostado guardado en enormes bolsas de harina de panaderías.

El mediodía marca el punto de inflexión donde todo se vuelve quietud y el interior de las casas es un hervidero de fiesta en torno a la familia y los amigos, perceptible tanto en salones abiertos como en las azoteas desde las que asoman hombres con vasos de vino, mientras las ventanas dejan entrever unos espacios antes vedados.
Al final, vuelvo a mi casa con la mochila al hombro y la frente manchada de amarillo, dejando atrás el que nunca ha sido mi barrio, pero que me acoge con sus brazos abiertos una vez al año, una amistad efímera, pero llena de color.

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