Tribuna abierta

Volando sin redes

31.05.2016 | 02:00

S uelo tomar un café antes de impartir mis clases en un pequeño local lagunero, un café excelente por cierto, aromático y recién molido que llama a la buena conversación si se está en buena compañía, y la evocación de ratos agradables y placenteros si se está solo. En esta ocasión, la comparsa era agradable, de buena mesa e intelecto y entre tertulia y ratito canario, como diríamos, se propició el escenario para el debate de los temas más superfluos y triviales y que sin más, se convierten en los más profundos de nuestra razón. Y es que, a veces, nos volvemos un poco filósofos, ocurriendo esto del modo más natural y sencillo pues, es innato en el hombre, ya que no nacemos siendo adultos, la curiosidad y el divagar acerca de las cosas, formando parte de su esencia el filosofar y el pensar intentando poner luz y sentido a su razón y conocimiento mismo.

Debatíamos pues, en esta ocasión, acerca de la posibilidad de un viaje a tierras lejanas, donde las experiencias mundanas pasaran a un alejado segundo plano, y ocuparan un puesto de honor las aventuras y los descubrimientos de cosas distintas a las vividas diariamente. Otros aromas, otros sabores, otras gentes y modos de vida. Otros colores, otros lenguajes, otros sonidos. Otras sensaciones y emociones que despertaran nuestros sentidos aún dormidos, ávidos como niños de incorporar nuevas alegrías a su historial de vivencias.

Se disparó nuestra mente y entusiasmo y en breve, ya nos vimos construyendo una pequeña choza en un mar paradisíaco de azul cristalino y calmoso cielo, comiendo las exquisiteces más variadas y vistiendo los ropajes más variopintos. Enseguida, cambiamos la pequeña choza por algo más confortable, tal vez un apartamento y, pensándolo mejor, que tuviera aire acondicionado. Cada una aportaba nuevas ideas o mejoras a la posible estancia y entre bromas y risas, caímos en la cuenta: ¡Oh, cielos! ¡Pesar de los pesares! ¡Nuestro básico imprescindible! Por encima de comida, ropajes, clima o diversión. Por encima de cualquier cosa suculenta, tentadora o apetecible, en cualquiera de los planos que nuestra mente pudiera imaginar (y con ello dejo espacio al lector a que imagine cuáles podrían ser algunos de nuestros deseos, siendo como éramos, mujeres libres, inteligentes y sin prejuicios) nuestra exigencia inamovible y, razón por la cual seríamos capaces de renunciar a nuestro viaje, era la conexión con Internet. Sin Internet ni contacto con el resto del mundo mundial, no nos moveríamos.

Se nos planteó así la duda filosófica del ser o no ser, del Hamlet (1600) de Shakespeare, "€qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos€" pues tal extremo supuso la decisión acerca de nuestro desatino o acierto, comparándolo con el morir y dormir, mas así no pasar por ninguna de las penurias y malas vivencias que pudieran ocurrir, entendiéndolo así como quedarnos en casa. ¿O acaso significaba nuestra muerte, nuestro final, perder la conexión con las redes, arrojándonos a un abismo desconocido del que quizás no pudiéramos regresar?

"Arriesgarse es perder el equilibrio momentáneo. No arriesgarse es perderse a uno mismo" Kierkegaard (1813-1855) Nos arriesgamos entonces, ¿verdad? Sí. Esa misma tarde, con el pacto mosquetero de solo utilizar Internet como herramienta de ayuda en los traslados, por si acaso (aunque aún yo sigo trabajando socarronamente para que a última hora ni tan siquiera eso utilicemos), compramos nuestros pasajes.

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