ÚLTIMA HORA
La Ciprea

Medallas de oro

31.05.2016 | 02:00

S iempre me habían parecido relucientes, enormes, brillantes coronas en el pecho de aquellos que habían vivido como héroes las carreras a través de un mundo imposible lleno de vallas y gritos; muchachas que nadaban casi volando sobre el agua; gentes que saltaban alturas inverosímiles; seres enormes que lanzaban piedras, jabalinas y martillos al vacío; muchachos de cuerpos perfectos que saltaban sobre potros y daban vueltas bajo un cielo de estrellas; partidos de baloncesto, gladiadores, espadachines y bailarinas sobre el suelo con cintas y pelotas de colores. Así veía yo ese mundo de medallas. Pero un día me encontré allí, sobre el escenario de un auditorio que lleva el nombre de alguien que aún me estremece al escucharlo: Alfredo Kraus. Si. Estaba allí, algo inquieta y mareada por la luz y el silencio. Estaba de pie y me entregaban una medalla. Y entonces, me hice la pregunta. ¿Por qué? ¿Qué altura superé? ¿Qué vallas? ¿Qué cintas hice volar sobre sus cabezas? ¿Qué carrera acabé sin rendirme? ¿Qué record batí?

Ninguno. Lo sé. Nada que pudiera verse sobre una lona. Nada que pudiera poner de pie un estadio repleto. Nada que enorgulleciera a un país metido en esas lides. Simplemente estaba allí recibiendo un honor que me hacía resplandecer y sentirme feliz por ser yo misma la que lo recibiera, por haber estado de pie siempre como en esos momentos, sin rendirme, sin mostrar cansancio, sin dejar de sonreír a pesar del dolor que me hacia doblar el alma. Allí, de pie, como cualquiera de esos muchachos que rompían las normas establecidas por las antiguas leyes de la física. Ellos, que nadaban más rápido que algunos peces, que saltaban por el aire como los pájaros y corrían más que muchas gacelas, me miraban enternecidos desde el patio de butacas. Miraban mis canas y mi fortaleza y sabían, desde la distancia de su otro mundo tan parecido y tan diferente al mío, que había llegado a la meta. La última, es cierto, pero había llegado. Trabajando, amando, luchando por algo que me parecía digno de esa lucha: Canarias.

Y recordé aquella antigua película que cuenta la historia de una mujer que corre el maratón y tiene que hacerlo con otras muchas personas y todos la pasan y todos van llegando al estadio. Ella no puede más, pero sigue corriendo, avanzando, arrastrándose casi. Pero sigue. Se hace de noche y ella continúa su carrera en solitario. Nadie por las calles de la gran ciudad. Y llega al estadio. Todo apagado ya. En silencio. Y ella entra. Y, de pronto, se encienden las luces y todo el estadio, en pie, aplaude su llegada, su triunfo, su lucha y su esfuerzo. Así me sentía yo, allí, de pie.

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