La Ciprea

De sueños y pesadillas

24.05.2016 | 02:00

Casas para soñar. Colchones con el vaivén de las olas y olor a lavanda. Restaurantes sin ruido. Chef para perros y pastelerías con dulces para animales en un escaparate lleno de chuches de colores y figuras varias. Así era el final de un telediario. La presentadora nos lo hacía llegar después de media hora de torturas, bombardeos, toros de lidia sangrando, niños sangrando, refugiados sangrando. Y entonces, ella, muy digna en su mesa blanca, nos empieza a contar todo eso de las casas, los colchones y los dulces de color rosa para el mimo de determinados animales. Un vomitivo. Un mundo de pijos de antología y gentes aburridas que intentan darle la vuelta al lugar que les rodea haciendo de la realidad un universo de alicias perdidas en un laberinto de conejos que hablan y ejecutivos que inventan realidades paralelas al dolor para ocultarlo, disfrazarlo, y darnos gato por liebre.

Ante tanta desfachatez comercial, parálisis cognitivas y ansias de ver y no saber, el ser humano con un resto de sensibilidad se pregunta si todo esto que le sucede es un sueño del que puede despertar en cualquier momento. El ejemplar que aún se considera producto de una evolución inteligente, se dice a sí mismo si todo ese dolor que le rodea sirve aún para algo o es solo una pesadilla producida por nuestro terror a comportarnos como esos otros seres que aparecen matando, dando gas y tormento a niños y ancianos o, lo que es peor, si no nos damos cuenta pero ya estamos dentro de la pesadilla y nos encontramos sin saberlo entre esos niños, enfermos, ahogados de alta mar y recluidos detrás de las alambradas rodeados de fango hasta la boca. En sus terrores nocturnos, empieza a confundir la infancia con la vejez y se le aparecen ogros y alimañas en la oscuridad de la habitación. Y grita, vocifera y se debate con los brazos entre sábanas y telarañas para deshacerse de tanto horror.

Da lo mismo. Cuando crees que estás despierta, te sientas en la mesa de la cocina, pones la radio para tomarte un café escuchando a Franz Schubert (que ya tampoco sabemos si existió realmente), y cuando menos te lo esperas el locutor da un giro a las noticias y te cuenta una milonga sobre lo importante que es conservar las tradiciones en las que entran la tortura de personas o animales y los circos con elefantes. Pausa. Da paso a los anuncios, y una voz afilada y sin dientes te comunica que debes comprar a tu perro un collar con música de los Beatles. Y, entonces, tú, acostumbrada a morir por cualquier cosa, caes derrotada un día más sobre el hule a cuadros.

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