Luz de luna

Las plazas del Movimiento 15M

18.05.2016 | 12:21

H an transcurrido ya cinco años desde que miles de personas se lanzaron a las plazas públicas de este país para protestar por la situación política y social insostenible en la que se vivía, producto de una clase dirigente caduca que había distorsionado la democracia hasta cimentarla en la corrupción, la pérdida de derechos, el enriquecimiento de la banca, la usurpación e institucionalización de lo público como privado, la inmovilidad y la rotación en los cargos, y, sobre todo, gobernando a nuestras espaldas, un arquetipo de libertad vendida al capital.
El grito de "No nos representan" recorrió infinidad de sus rincones, con más aplomo en las grandes ciudades, mientras en los pueblos ese desafío al orden establecido se miraba de reojo y con inquietud como si se tratase de un fantasma del golpe de Estado de 1981 o los inicios de una conflictividad social con reminiscencias a la propia Guerra Civil, alimentado por el miedo que aún pervivía entre nuestros mayores y que algunos heredamos.

Las redes sociales contribuyeron a que la masa informe estuviese unida virtual y emocionalmente por todo el territorio nacional porque las reivindicaciones y las quejas eran las mismas, aflorando la rabia e impotencia que nos consumía por dentro ante tanta injusticia. Por eso, dimos un portazo a la cotidianeidad para convivir con las esperanzas, los problemas y las inquietudes de otros, surgiendo el 15M, un movimiento social sin precedentes en la historia de España desde la Transición hasta la actualidad; su base fueron los indignados, que hicimos nuestra particular Revolución francesa para intentar derribar y cambiar este sistema con el fin de buscar fórmulas más transparentes y participativas en la que se tuviese en cuenta nuestra opinión en la toma final de todo tipo de acuerdos y decisiones, y donde el poder económico no condicionase nuestra existencia, fruto de lo cual fueron los numerosos suicidios de quienes ya no podían pagar su hipoteca.

Sentarnos en una calle en silencio como forma de protesta supuso un ejercicio pleno de democracia y el comienzo de un conjunto de demandas de tal dimensión que entendimos que habíamos estado drogados en la falsa estabilidad y el materialismo, lo cual nos había conducido a un modelo de vida equivocado con cuya cadena había que romper.

Más allá de todo el romanticismo político que podamos observar en este proceso, el 15M también sirvió para acercarnos el trabajo asambleario, al que tampoco estábamos acostumbrados, demostrando lo enriquecedor de sus reuniones, si bien nuestra falta de constancia e implicación frenó su continuidad, abriendo un planteamiento de autocrítica relativo que toda lucha supone una inversión de tiempo, esfuerzo, trabajo y compañerismo para lograr los objetivos finales. Aún así, esas plazas de ciudades y pueblos se convirtieron en los nuevos parlamentos donde todos podían expresar sus ideas y debatirlas con el fin de plantear soluciones a distintos problemas, a la vez que enfocar proyectos de crecimiento social y nacional. Pero esto no gustó a dicha clase dirigente porque erosionaba su poder y rebatía el modelo de democracia que se impuso desde la muerte de Franco, basado en el derecho al voto y la alabanza a la monarquía, y simplemente se dedicó a esperar bajo una táctica numantina de resistencia.

Ahora no se trata de rememorar aquellos días gloriosos ni de politizar el propio 15M para aprovecharlo con fines electorales, sino entender que ha sido la base para realizar toda una serie de transformaciones con carácter regenerativo, pero que aún no se han efectuado porque para ello es necesario desbancar a quienes continúan dándonos la espalda para garantizar su supervivencia, sumiéndonos en la precariedad laboral y la falta de libertad de expresión.

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