La Ciprea

Pedro González

18.05.2016 | 12:21

E stoy sentada frente a un pequeño cuadro que tengo suyo. Lo miro y lo veo. Y vuelvo a verlo como lo recuerdo, no como era la última vez que nos encontramos en una exposición de Luis Kerch en La Laguna. Muy envejecido y triste. Pedro siempre me pareció un hombre triste aunque se riera o sonriera mucho al tenerte cerca. Me dijo algo sobre poesía, no recuerdo lo que dijo, pero sí cómo lo dijo: sonriendo, una mano sobre mi brazo y el sombrero calado hasta los ojos. "Estás estupendo", le comenté al oído, casi por decir algo, por no quedarme callada al encontrarme con él y verlo más triste que de costumbre y más por efecto de la delgadez que por estarlo realmente. "Ay, Pedro, ¡qué lejos aquellos tiempos! A ver si voy a verte, a ver si nos vemos€". Y luego, nada. No volví a verlo. Hoy de nuevo, en una foto con su eterno sombrero y su rostro a martillazos, tallado sobre los huesos y la mirada fiera, valiente, decidida. Que ha muerto dice la nota de prensa. Y yo digo que no. Que ese ya no es Pedro González. Pedro es ese otro. El del cuadro que miro fijamente con sus amarillos, sus malvas, sus grises que se extienden por dentro de su cabeza hacia lo infinito de un universo descubierto por él y que ahora me pertenece, nos pertenece.

Ese es el que aún vive y vivirá para siempre a nuestro lado, en nuestra casa, en los pasillos de un museo, en las paredes de una galería. El mismo Pedro González de aquella tarde de verano en su casa de La Laguna. Fue hace ya muchos años. Nos llevó Fernando Delgado. Cuadros y más cuadros, olor a pintura recién abierta. Mariano Vega con nosotros. Un whisky, dos, y la poesía. Hablamos de la poesía que le interesaba, de los poetas que le gustaban. De los amigos poetas. De las nostalgias, del azul y de las guerras. Fue un disparate de cosas y conversaciones mezcladas. Tenía la certeza entonces y aún la sigo teniendo ahora de que el tiempo es corto y se nos va de las manos a mayor velocidad de la que queremos, y por eso, cuando conoces a alguien que merece la pena debes aprovechar ese tiempo, absorberlo y exprimirlo hasta sus últimas consecuencias. Y así lo hice. Devoré la luz de su casa, la fuerza de su voz, el movimiento de sus manos. ¡Las manos de Pedro González! Imprevisibles, inabarcables.

Sigo mirándolo. Ahora los colores parecen abrirse hacia lo alto. Ya no es nube sino un revuelo de telas y de ángeles que se cruzan en una pincelada blanca. De nuevo todos juntos, como aquella tarde.

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