Tribuna abierta

Castañeda, poeta y narrador

14.05.2016 | 02:00

Q uienes lo conocieron mejor que yo confirman mis vagas impresiones: aquellas que dibujan a un hombre discreto, silencioso, aunque no exento de humor, advirtiendo que estaba allí, con su rostro pálido, serio, como alguna vez lo vi en el Ateneo de La Laguna, cuando aún no lo conocía y estaba entre el público que asistía a una lectura poética o una conferencia; y algo más tarde, cuando ya pudimos cambiar unas pocas palabras, esa seriedad y discreción se confirmaron pero con un toque risueño, de tímida simpatía. Ahora que acaba de morir el poeta, narrador y químico herreño Juan Pedro Castañeda, estos pocos recuerdos que conservo de él vienen a mi memoria y se enlazan con los de la lectura de sus libros.

En la obra dejada es donde quizá se aprecia más intensamente el carácter de su autor y el interés de Juan Pedro por todo, algo que hacía de él un poeta incómodo, ajeno a la solemnidad enmohecida y opacada del género y sus pintoresquismos; una postura que se aprecia como un necesario ácido irónico, corrosivo e higiénico en la sátira, desde libros como Poemas horrorosos (1975) u Ohrrrohrr (1977), título que reunió su poesía hasta la fecha en 1991, y que incluía una entrega más: Pósters (1985). La siguiente entrega poética de Castañeda es Un manojo de arcilla (1991), un desvío que, tendiendo la mano a la poesía anterior, abre un momento distinto, aquel que se escribe bajo el asombro de lo real y el hallazgo continuo y claro de la simple y compleja materia del mundo, donde se intuye una dialéctica entre la memoria y su espacio natural, sin mayor conflicto que el dolor de lo perdido y el deseo de reemprender minuciosamente el viaje; una armonía con el medio y las reminicencias que confirmó su último libro de poesía: Asombros de la materia (2011).

Pero Juan Pedro también escribió narrativa y sería interesante estudiar con más tiempo las analogías que existen entre sus poemas y el espacio físico donde tienen lugar al menos dos de sus novelas, especialmente La despedida (1977) y la extraordinaria Muerte de animales (1982). En En el reducto (1986) la ambigüedad parece una forma de ese conflicto con la aceptación de una identidad que a la vez nos aliena e individualiza. Nos acaba de dejar un escritor tan valioso como ignorado, enormemente ajeno a estos tiempos tan estúpidos.

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