De aquí y de allá

Santa Brígida

12.05.2016 | 02:00

V oy a dedicar dos capítulos a unos episodios macabros que enturbiaban cuarenta años atrás las relaciones comerciales entre Canarias y la Península. Un melodrama histórico sin duda que tuve la oportunidad de observar con la nitidez de un espectador sentado en la primera fila de un teatro. Lastimaron, sin duda, gravemente unas bandas de delincuentes el carisma del formal comerciante canario a los ojos del industrial peninsular.

Por aquellos lejanos tiempos algunos fabricantes de calzado de Menorca, de donde soy originario, contactaban conmigo, aquí, en Tenerife, para que les solucionara un entuerto comercial. Se trataba casi siempre de rendir visita a algún cliente. Una de las gestiones resultó inolvidable.

En cierta ocasión descolgué el teléfono:

-Tengo un cliente nuevo -expuso el fabricante- que me debe 1.200.000 pesetas y no me coge el teléfono. ¿Podrías visitarlo y ver qué pasa?
Como siempre fui receptivo, si bien le advertí que la población a la cual debía dirigirme -Santa Brígida- se encontraba en Gran Canaria, por lo que debía desplazarme en avión y seguidamente alquilar un coche: gastos que se avino a abonar.

Una vez en Gran Canaria pregunté por Santa Brígida. Daba por descontado que este pueblecito, desconocido para mí, estaría situado en los núcleos turísticos por el valor del calzado. Pero cuál no sería mi asombro que al ir avanzando el mar quedaba más lejos y el monte más cerca. Parecía haberme introducido, como Alicia en el país de las maravillas, por un túnel donde las personas desaparecían y proliferaban los animales. No eran loros, ratones o conejos como en la novela de Lewis Carroll, sino cabras, vacas y burros. ¿Qué misterio era éste? ¡En el monte no se vende el calzado más caro del país¡ ¡Y los animales no usan zapatos! Mi desconcierto fue en aumento hasta llegar a un altozano, donde apareció entre la bruma la minúscula figura de Santa Brígida. Me dirigí a la dirección pertinente, una tenducha con cuatro bagatelas -¡sin zapatos!- de un valor ínfimo. La dependienta, jovencita, dijo llanamente no saber nada. Como el asunto tenía un cariz pésimo me dirigí al Banco. El único oficinista, y director, claro, me explicó acongojado el misterio.

Se trataba de una banda de delincuentes que en diferentes ferias de muestras de la Península habían efectuado, a destajo, pedidos de toda clase de géneros. Numerosas empresas nacionales habían pedido informes bancarios del cliente, y como él desconocía aún tales cuitas, así como los montantes millonarios, notificó estrictamente que se trataba de un usuario nuevo, sin débitos. Como los datos no eran negativos muchas industrias optaron por servir la mercancía, con el consiguiente varapalo.

-La tienda del pueblo es una tapadera -me confesó angustiado-, para que se evalúe como un simple impagado comercial, cuando en realidad es un delito, un robo, con todas las de la ley. No vaya a buscarlos, son peligrosos.

Aún recuerdo la perplejidad del fabricante menorquín al relatárselo.

-Haré como si me hubiera estallado con el coche y he salido ileso- musitó abatido.

¿Los zapatos de caballero, de peccari? En África.

50% para el negro y 50% para el blanco.

Continuará.

florenciohdez@hotmail.com

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