La Ciprea

Juan Pedro Castañeda

10.05.2016 | 02:00

Anoche soñé que iba caminando por un monte y una mujer que conocí hace muchos años y había sido mi informante en temas relacionados con las creencias populares, me cogía por el codo y acercándose a mi cara me decía al oído: "Es la gran parada". Yo sabía que me hablaba de la muerte. De la mía. Otras mujeres me decían frases extrañas para hablarme de la muerte de los otros. Me había dormido pensando en Juan Pedro Castañeda; en la noticia que me habían enviado los amigos al saberme tan lejos y lo que iba a sentir al conocer su pérdida. No hacía mucho, entendiendo por mucho ese extraño movimiento del sol que nos remite a unos meses o quizá a un año o quizá a dos, me había encontrado con él en el Ateneo de La Laguna. Habíamos hablado de otros tiempos, de otros recuerdos que nos unían: congresos, recitales, y un etcétera largo de asuntos terrenales que no nos interesaban excesivamente. Luego habíamos hablado de nosotros mismos. Del dolor hablamos mucho. Del cuerpo y del alma hablamos y de cómo nos seguían doliendo cosas parecidas desde los huesos hasta el mundo. Y hablamos de Muerte de animales y de 1993 en Ediciones La Palma, el año que se editó esa hermosa novela que contiene para mí la esencia de su forma característica de ser y de escribir, desde la contención y la carencia de adjetivos hasta alcanzar el brillo narrativo y la fuerza arrolladora de las emociones.

El sol, ¿de qué tamaño? Pudiera decirse: como un plato. Pensándolo mejor: como una zaranda. Quizá no tanto. Por la posición en el cielo; las tres." (Muerte de animales).

Los dolores de su cuerpo lo acompañaron durante años. El dolor era su talón de Aquiles y esos dolores le daban un rostro y unos gestos difíciles de traducir. No se quejaba o al menos no se quejaba en el sentido tradicional de esa palabra. No había "quejíos" en su discurso pero sí que se podían leer en sus versos y en sus narraciones el derrumbamiento, el asombro ante la vida y sus llagas, el golpeteo de las heridas en un cuerpo que intentaba extraerse de la pena que da el sufrimiento cuando se convierte en una constante y nos impide ser del todo felices. Juan Pedro había aprendido a vivir con ese dolor y a sacar provecho de él. Su ironía al hablar de sí mismo; su lenguaje tierno y mordaz a un tiempo al referirse a los otros seres que componían el universo; su compasiva visión de los hombres y las miserias que les eran propias; su voz oscura, luminosa, enfática, críptica, abierta y, sobre todo, poética, son una prueba de ello.

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