Tribuna abierta

Normalizando la mentira

06.05.2016 | 02:00

L a mentira, desnuda, sin suavizar ni justificar como engaño y método de supervivencia de selección natural, es exclusiva de la condición humana. Convive diariamente en nuestras vidas ocupando puestos de honor en nuestros desempeños cotidianos ¿Por qué mentimos? Mentimos por diferentes razones y de diversas maneras. El ser humano es tan fantástico que es capaz de hacer del autoengaño una forma de vida. Hay mentiras piadosas, crueles o engañosas. Hay mentiras por acción y mentiras por omisión. Mentiras para no responsabilizarnos de nuestros actos y mentiras para dañar en conciencia al otro. También encontramos medias verdades -me atrevería a catalogarlas de las más peligrosas por cuanto abuso de la confianza del otro tiene- y mentimos también, como forma de adaptación social, para quedar bien ante los demás. Es lo que llamamos, ser un "bienqueda", personaje que sin duda, todos nosotros alguno conocemos y al que podríamos poner hasta nombre y apellidos.

Los engaños y autoengaños, las mentiras en suma, están estrechamente relacionados con la autoestima y asoman cada día despachándose a gusto. Según Feldamn, en su libro El mentiroso en su vida (2010), "Cuando la persona siente que su autoestima está en peligro, inventa y miente para sentirse en un nivel superior". Llevadas al extremo, el individuo puede adquirir comportamientos dañinos, autodestructivos, como el exceso en el consumo de alcohol o el uso de sobreestímulos que impulsen esa valoración de sí mismos para seguir manteniendo a salvo su autoconcepción engañosa.

Si todos mentimos, ¿cómo podemos confiar en las personas que supuestamente responden a los cánones de honestidad y rectitud. Religiosos, políticos€ figuras en las que supuestamente debemos confiar, no están exentas de la mentira. En palabras de George Orwuell (1903-1950) , férrimo defensor de la justicia social, "el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen confiables y el asesinato respetable". Y así lo sentimos, pues últimamente navegan por sus aguas como expertos marineros, incluso campeando vientos huracanados, parece que consiguen salir a flote de cualquier tempestad, utilizando muchas veces los mismos recursos de las medias verdades, y falsedades con los que han ganado terreno al mar.

Nuestra sociedad actual parece que viviera inmersa en la cultura de la mentira. Envuelta en el velo de las redes sociales, tan beneficiosas por otro lado -cosa que no pongo en duda- y la rapidez o la falta de sosiego con que suceden los acontecimientos. Rebajando el valor dado a la palabra en contraposición al "quedar bien" y socialmente ser aceptado con honores. Viviendo en la necesidad de la búsqueda de protagonismo a cualquier precio, reflejada en programas de show sociales donde no hay espacio alguno para la privacidad y reflejada también en políticos chaqueteros y sin escrúpulos que buscan como sea volver a primera fila cuando son desenmascarados ante la sociedad a la que hábilmente engañaron.

Sea por razones biogenéticas o por razones socioculturales, lo cierto es que la mentira, sin entrar a hablar de trastornos psicológicos graves, pone a prueba nuestra capacidad de autocontrol, honestidad y autoestima por un lado y nuestra permisividad social por otro, si dejamos que estas formen parte de manera internalizada en nuestra cotidianeidad y en nuestra comunidad.

Sea como fuere, y sea del nivel que hablemos, tanto en lo social como en lo personal, en nosotros está de nuevo, el mostrar nuestra coherencia y responsabilidad. Asumir los actos o las omisiones, que ya sean por nuestra falta de autoestima, o por nuestra maldad -que también pudiera ser- , por egoísmo o frescura (en el sentido más peyorativo de la palabra) nos conduzcan a una mejor o peor convivencia.

Tal vez el valor que requiera dar portazo a la mentira y a las medias verdades no esté al alcance de todos. Tal vez la autoestima mal entendida como protagonismo a costa del otro vecino, no nos deje contemplar la posibilidad de otras estupendas cualidades también inherentes al ser humano, como el valor y la integridad. O tal vez, simplemente, asustados y decepcionados al sabernos conocedores de nosotros mismos, optemos por disfrazarnos y ocultarnos bajo la máscara del engaño. Este siempre tiene un recorrido muy corto.?

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