Luz de luna

Lucha de gigantes

27.04.2016 | 02:00

Cerró los ojos y se marchó sin despedirse de nadie, ahogado en su sufrimiento. A las paredes con los carteles que anunciaban su último concierto en mi ciudad ni siquiera les ha dado tiempo a llorar por su muerte y alguien se ha encargado ya de acribillarlas con otros que reivindican la conquista del poder por la masa obrera. Las personas caducan, pero las canciones no.

Siempre he sentido admiración por Antonio Vega, uno de los grandes músicos y poetas que ha tenido este país, atormentado por la sombra de la droga hasta el extremo de desfigurarlo completamente. Al final de su vida solo era pellejo y huesos, deambulando por este mundo sin ser comprendido y abandonado por quienes en su momento fueron muchos de sus amigos, pero siempre arropado por su familia.

Su enorme corazón de un niño que nunca supo hacerse mayor, la lucidez de aquel que sabe discernir entre lo bueno y lo malo, y su extrema sensibilidad, imposible de entender para quienes nunca hayan llorado alguna vez o se sientan lastrados por el peso de decisiones mal tomadas, quedaron reflejadas en multitud de sus canciones, ensalzadas por los críticos musicales como himnos en su huida de este mundo hacia un lugar que él solo conocía, pero que en realidad era una muestra de su fragilidad, capaz de entender el vuelo de una mariposa y de convertir una pesadilla en un cuento donde la tristeza tenía sentimientos.

Hoy lo recordé rememorando la noticia del fallecimiento de Manolo Tena y sentí que un trocito de mí se iba con ellos porque irremediablemente me hago más viejo, a la par que desaparecen algunos de mis referentes musicales. Nada es eterno ni absoluto, pero es increíble que las letras de sus canciones estén presentes en nuestros labios con la misma pasión e inquietud que el primer beso que dimos, una herencia universal que decidieron compartir con todos nosotros.

Su particular viaje por la movida madrileña les llevó a vivir intensamente más allá de lo que suponía la libertad política de la España de la Transición, y lo mismo que construían un futuro prometedor en la música, también derrumbaban vertiginosamente sus propias aspiraciones al rodearse de ese sicario llamado droga, sintiendo que nada podría acabar con ellos, hasta que un día se dieron cuenta que estaban arrastrándose en vida. Se desgarraban por dentro, sin que lo percibiésemos, como los protagonistas anónimos de sus canciones, esperando el momento justo para su próxima dosis, tan imprescindible como el calor de la gente que asistía a sus conciertos.

Para ellos ya no existe el sol ni la luna ni matices en los colores ni viento en la cara. El pentagrama se quedó mudo como quien no tiene nada que decir ante lo evidente porque el silencio impone su autoridad. A su vez, en este infernal océano aparece la figura de Enrique Urquijo, al cual encontraron muerto una mañana en el portal de su casa producto de una sobredosis. No puedo imaginar lo que padeció aquel instante en que el oxígeno se le terminaba, pero fue otro ejemplo de que, detrás de ese abismo, siempre ha existido el cariño, el amor y la angustia de una mujer en forma de novia, esposa, hija o madre, tratando de ayudar a quienes como él miraban de reojo lo inevitable. Su sonrisa aletargada se sumó a la de Antonio Flores, aquel caballo indómito que asimismo se subió a ese tren maldito de la droga, el cual no hace ninguna parada hasta que frena de repente en un andén carcomido donde habita el dolor, el final del trayecto en el que todo está marchito porque la palabra vida está prohibida.
A los cuatro les costaba sonreír y estaban perdidos o desorientados, pero hicieron de la música uno de sus escasos salvavidas al cual intentar agarrase para no seguir hundiéndose en su laberinto de lucha de gigantes.

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