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Tribuna abierta

Los palimpsestos

23.04.2016 | 02:00

E stas primeras tardes de abril lo he pasado muy bien y me he reído mucho leyendo Los palimpsestos (2015), el primer libro de la escritora, filóloga y traductora polaca Aleksandra Lun (1980) quien, además, lo escribe en español. Esta novela breve, publicada por la editorial Minúscula de Barcelona el octubre pasado, narra la vida cotidiana de Czes?aw Presnicki, un escritor polaco fracasado y homosexual que acaba de publicar su primer libro, Wampir, una novela escrita en la desconocida y fantasiosa lengua antártica y está redactando la segunda en las hojas de un periódico viejo. Presnicki, que nació tras el Telón de Acero, es un superviviente de la Guerra Fría que, tras salir de la Antártida, está recluido en un hospital psiquiátrico de Lieja junto a un cura de su país, el padre Kalinowski, quien se encomienda constantemente a Dios y opina que el escritor está endemoniado.

A partir de la narración estrambótica de sus antecedentes biográficos, el protagonista del libro y la voz narrativa nos proponen una reflexión acerca de la traducción, oficio de la autora, y las ventajas e inconvenientes de aprender y escribir en una lengua que no sea la materna. Para ello Lun usa la ironía y un oportuno sentido del humor mientras hace pasar a su personaje por la "terapia bartlebiana" y las humillaciones y desplantes de médicos y enfermeras que, ajenos por completo al mundo de la literatura, no hacen otras cosa que pedirle que escriba en su lengua o que deje de escribir. Presnicki, que se encuentra en plena narración de su segunda novela, Kaskader, apenas si nos cuenta, una y otra vez, su argumento, como si sólo el argumento bastara y constituyera el texto entero: "(...) un doble polaco que de día salta al vacío en los rodajes de las películas de acción y de noche escribe una novela en un observatorio astronómico (...)".

Pero Presnicki no está solo: a lo largo de las pocas páginas de Los palimpsestos desfila una escogida y prestigiosa galería de escritores que van desde Nabokov hasta Samuel Beckett, pasando por Cioran, Witold Gombrowicz o Joseph Conrad, quienes hablan con él, lo aconsejan o amonestan su pretenciosidad; pero para sus cuidadores Presnicki es un estorbo, una suerte de parásito empecinado que se aprovecha de la hospitalidad belga, país que, para colmo, lleva un año sin gobierno y sin visos de que la situación vaya a cambiar pronto.

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