Por peteneras

Dulcinea y las centaurides

19.04.2016 | 23:20

L a última tarea del artista –ya lo sea de la palabra, la forma o el quejío– es conseguir la transustanciación. En raras ocasiones, del fondo de la nada surgen voces y se hacen piedra y hierro los misterios. Al fin y al cabo, al duende, al alma o al Tao, ni se les ve, ni se les escucha, ni se les palpa, pues son invisibles, inaudibles e impalpables, y en eso, dice Lao Tse –o su estirpe–, que consiste la esencia de la unidad. Cuando es la palabra la que emerge del vacío acaba convirtiéndose en verso y tragedia, en epopeya y relato infinito. Cuando lo hacen la forma y el color, el resultado es la materia viva, que se deja admirar por los catadores de estrellas como quien saborea el vino y descubre en su interior aromas que no estaban en la uva originaria. Dicen que las últimas palabras de Umbral, tal vez el mejor prosista en el párrafo corto que ha dado el siglo XX en lengua castellana, fueron "las uvas doradas", y uno duda si se refería al origen de las cosas, o se trataba de una alegoría de los senos que él no describiera –aunque sí Ramón–, y cuyo recuerdo se le apareció en un momento de melancolía, a punto de cruzar la línea del horizonte. En las esculturas de Alfonso García yo veo una mezcla de palabras no pronunciadas y materia que no quiere mostrarse, sino sugerirse. Y en las últimas, tal vez sin pretenderlo, he encontrado a Dulcinea, como si se tratase de un homenaje no buscado al Cervantes cuyo centenario se cumple y no celebramos. Entre las centaurides, la dama del Toboso aparece en lugar de privilegio, reclinada como una maja alunarada, mostrando su realidad como un cachito de cielo reposando la siesta, descansando tras una noche de amores agitados, enfrentando sus rotundas curvas a las aristas de sus compañeras. Hasta los sombreros con los que Alfonso suele cubrirse han acabado por recordarme la celada célebre, con la que el caballero hubo de protegerse en miles de contiendas. A veces uno se encuentra a Alfonso cruzando la Mancha, o algún trasunto de ella concentrado en las calles y callejones de La Laguna o en los senderos de La Palma, paseando, buscando alguna princesa a la que proteger y dispuesto a desfacer algún entuerto que se le presente en buena hora. Como don Alonso Quijano, algunas formas diseñadas por Alfonso parecen proceder de la memoria leída, o vislumbrada, o mejor soñada, y algunas de las figuras de madera o metal que salen de sus manos no son otra cosa que las mil metamorfosis en las que se ha encarnado Clavileño, montado en cuya grupa ha podido volar hasta algunos rincones lejanos de Oriente y Occidente, cruzándose en el trayecto con magos y dragones que viajan sobre alfombras de cristal y sobre rayos de sol, en un peregrinaje eterno que únicamente puede finalizar con la luna preñada, morada y sombría.

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