Luz de luna

Cada 23 de abril

19.04.2016 | 23:20

H oy me volví a encontrar con ella, sentada en el banco de piedra mientras navegaba por un océano de letras en busca de respuestas a la vida. Aún sigue cobijada en el recuerdo de quienes décadas atrás tuvieron que dejar tempranamente aquella escuela convertida en un refugio frente a la miseria que lo rodeaba todo, allí donde un lápiz y un trozo de papel eran un premio al que pronto tendrían que renunciar para ponerse a trabajar. Quizás no sepa que cada 23 de abril rememoramos el significado y la importancia de los libros como uno de los grandes aportes de la humanidad porque para ella una fecha en un calendario no dicta cuándo hay que acordarse más o menos de algo, sino disfrutarlo cada día como si fuese el último.

Una vez me contó que en una estantería de su casa descansa escondido Países y mares, de Joaquín Pla Cargol, un viejo libro editado en 1953, que en su momento era el que se utilizaba para estudiar en una de esas escuelas donde Cristo te vigilaba crucificado en la pared; tiene la portada deslucida y en ella figura un buque que se aleja, dejando atrás la Estatua de la Libertad, y con él viajó a multitud de países, algunos de los cuales ya ni siquiera existen. Por eso, cada vez que descansa en sus manos, no puede evitar recordar los tiempos de miseria que le tocó vivir y la imagen extraña de un familiar cercano que una vez se marchó en uno de tantos barcos y buques de la emigración canaria a Venezuela.

Bajo ese manto de añoranza, le confesé que para mí el poder de los libros es universal y se han convertido históricamente en un instrumento para crear y destruir sociedades, liberando conciencias y esclavizando en la fe, así como acercando el conocimiento y la información con un carácter universal frente a quienes desean controlarlo todo para mantenerse en el poder.

Se produjo un silencio pesado y reflexivo y fue ahí cuando me dio una de las lecciones más bonitas que he recibido al indicarme que los libros son mucho más que eso: sus páginas son una gabardina que nos protege en esos días de intensa lluvia y frío en los que las nubes grisáceas secuestran los rayos de sol y nos vuelven algo más apáticos, y en cuya lectura encontramos el calor que nos reconforta, el castillo cuyas almenas son infranqueables para el enemigo y la idea de que el tiempo los controlamos nosotros, sin miedo a envejecer. En ellos habita la compañía de esos amigos de los que nunca supimos rodearnos o la esencia de los que nos dejaron en la estacada, convirtiéndose en los confesores de nuestros problemas y sueños más ocultos, y hablándoles como si esperásemos que nos respondiesen porque tienen corazón y venas que recorren ramificadas las líneas de su texto.

Así que me quedé pensando en su comentario y añadió que recordase siempre que, aunque permanezcan mudos como jilgueros a los que se les han cosido el pico, confiamos en ellos tanto o más que en muchas personas que nos rodean, si bien también son voces vivas que en determinados momentos abren viejas heridas, rememorando un pasado que creímos haber dejado atrás. Sus títulos, autores, portadas, formatos, láminas e ilustraciones conforman sus señas de identidad, y el olor a viejo y el color amarillento de esas mismas páginas indica que su esencia es inmortal porque al final del camino solo queda el aprendizaje.

Y ahora, juntos en ese banco de piedra y renegando de calendarios, le comento si se acuerda de aquel diccionario de la lengua española y un atlas de geografía que le regaló a sus hijos hace años, algunos de los primeros libros que entraron silenciosamente en nuestra casa y que siguen con nosotros como el primer día, dándole sentido a lo que somos y seremos. Te acuerdas, ¿verdad mamá?

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