Editorial

Soria, una fuga de verdades en un paraíso de sombras

17.04.2016 | 02:00

La publicación de los llamados papeles de Panamá ha provocado una fuerte conmoción mundial. En el hermético y sacrosanto secreto que es la regla básica tras la que se esconden las actividades de los paraísos fiscales se ha abierto una grieta por la que están manando a chorros operaciones opacas, sospechosas transferencias de dinero y travestidas sociedades que cambian de nombre para camuflar la identidad de quien se esconde detrás. Y con estas operaciones ha salido también a la luz pública un amplio listado de gobernantes, altos funcionarios públicos, importantes líderes empresariales y figuras mundiales de la industria del espectáculo, deportivo y cultural que acudieron a estas ingenierías financieras para eludir sus responsabilidades fiscales.

El escándalo ha resonado tanto en todo el mundo porque ha confirmado un hecho muy grave que muchos sospechaban, y la mayoría conoce, pero de la que no se tenían tantas pruebas por escrito: millones y millones de documentos internos del despacho panameño Mossack Fonseca obtenidos por el diario alemán Süddeutsche Zeitung y compartidos con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación que afectan a cuentas y sociedades radicadas en una veintena de paraísos fiscales del mundo donde se ocultan unos 15 billones de dólares cuyos titulares no tributan a las haciendas públicas. Con las operaciones en estos paraísos se acrecienta cada vez más la brecha entre ricos y pobres, se recarga la financiación de la sanidad, la educación y los servicios sociales sobre los de siempre –quienes pagan sus impuestos– mientras las grandes fortunas encuentran trucos y prestidigitaciones financieras para evadir capitales mientras sobre el resto de los ciudadanos se aplica una mayor carga fiscal para afrontar la crisis.

La indignación de la opinión pública mundial no ha contado con vías para expresarse en los países de regímenes autoritarios por lo que se ha amortizado en parte el escándalo público de un Estado corrupto corrompido por dirigentes que sacan el dinero a paraísos fiscales. Pero donde sí ha encontrado esos canales para exteriorizar primero la sorpresa, luego el bochorno y con posterioridad el enfado por este tipo de comportamientos es en los países europeos con democracias avanzadas, que cuentan con sistemas de control democrático, división de poderes y medios de comunicación independientes. La reacción ha sido más fuerte e intensa en los tres países, Islandia, Reino Unido y España, en que el escándalo ha afectado directamente a miembros de sus gobiernos.

En Islandia, aunque el primer ministro reaccionó airado ante la acusación, de nada le sirvió: manifestaciones en las calles y fuertes críticas de los medios de comunicación le llevaron con rapidez a la dimisión. En el Reino Unido, el primer ministro Cameron negó al principio su vinculación a una empresa offshore constituida por su padre. Pero aguantó poco en la negativa. Y eso, en parte, le ha salvado por el momento. Después de un debate parlamentario durísimo, Cameron rectificó, dio toda clase de explicaciones, confesó sus errores y anunció, en un intento por recuperar la iniciativa, medidas contra el fraude fiscal: reforzar la persecución contra los evasores, publicar las declaraciones de Hacienda de los cargos públicos y compartir mayor información tributaria con los territorios de ultramar donde se ubican los fondos opacos. Su popularidad, sin embargo, ha caído en picado.

En España, el caso de los papeles de Panamá ha tocado al ya exministro José Manuel Soria, que ha enterrado su carrera política sepultado por las mentiras, contradicciones, medias verdades y ocultaciones con las que ha gestionado la información sobre sus intereses en paraísos fiscales. Enterado de que su nombre aparecía en los papeles de Panamá con días suficientes de antelación para preparar con tiempo y claridad una coherente y sincera aclaración pública el exministro optó por blindar a la opinión pública sus intereses financieros privados a riesgo de someterse a un tiroteo periodístico en el que cada día que pasaba las nuevas informaciones le iban desnudando más, aguantando la revelación de los nuevos datos con una desvergüenza y desfachatez asombrosa que enmudeció a sus propios compañeros de partido, paralizados y estupefactos ante la transformación de un político al que respetaban en un tramposo caradura.

José Manuel Soria se encerró, desde el primer momento, en sí mismo, negando la realidad y la evidencia misma. En una semana de declaraciones incoherentes y contradictorias llegó a cuestionar incluso la veracidad de documentos en los que aparecía su propia firma en registros públicos de tanta solvencia y garantía jurídica como los del Reino Unido. Soria perdió, en pocos días, el principal patrimonio de un responsable público: su credibilidad. La dilapidó de tal manera que llegó un momento en que ya nadie le creyó. Se quedó solo. Los ciudadanos se sintieron engañados, los medios de comunicación burlados, los partidos de la oposición indignados y, finalmente, ni siquiera su propio partido le protegió. Esto le ha conducido sin remedio a su renuncia y retirada de la vida pública. Deja el Gobierno, el escaño en el Congreso, la presidencia del PP de Canarias y la política con una salida deshonrosa, mancillada por la infamia. Sin honor ni decencia.

Meritorio opositor capaz de superar una prueba tan exigente como la que da acceso al cuerpo de técnicos de Comercio del Estado, una de las más duras para entrar entre los funcionarios de élite de la Administración, dotado de una extraordinaria memoria que le permite en sus intervenciones sin papeles conectar sin confusión datos, cifras y fechas ¿cómo es posible que olvidara el nombre de la empresa que fundó su padre y en la que al mes de fallecer su progenitor asumió el cargo de máximo responsable de la misma? El mismo nombre de la empresa con la que se le vinculó el primer día en los papeles de Panamá. Se puede ser ingenuo pero no tan insolente para presuponer que esta ignorancia es casual o imprevista.

En realidad más que defender su inocencia se puede entender que el ministro estaba entonces protegiendo sus intereses familiares o sus actividades en empresas radicadas en paraísos opacos. Más que un error de comunicación en la gestión de la crisis -como ha tratado de justificar para explicar su renuncia- más bien parece una premeditada estrategia de ocultación y negación para esconder ante el escaparate público sus operaciones con sociedades offshore, en la confianza de que la indagación periodística nunca iba a ser capaz de localizar estas empresas construidas para ocultar el dinero.

Después de abandonar el Gobierno en vez de optar por una discreta retirada, ser dueño de sus silencios y poner tierra de por medio para que el tiempo atempere el escozor, Soria ha elegido por entrar en el cautiverio de sus propias declaraciones que pueden resultar ofensivas si todos los precedentes no acabaran ya con sus nuevas versiones en un esperpento dialéctico. ¿Cómo es posible que no recordara que había creado una sociedad offshore en Jersey, el mayor paraíso fiscal del mundo desde el que operan grandes fortunas mundiales y una vez liquidada ésta sostenga aún el viernes que no se había constituido para ocultar dinero? ¿Cuál es entonces la finalidad de una firma opaca como la creada en Yersey? ¿No se da cuenta de que con estas justificaciones Soria ofende a quienes hasta unos días antes mantenían una fe ciega e inquebrantable en él?

En sus explicaciones no hay ningún signo de arrepentimiento, ni de excusas, ni perdón para quienes haya comprometido, abofeteado o agraviado: sus compañeros de Gobierno que quedaron retratados los primeros días y que al igual que los del partido dieron la cara en su defensa, los militantes del PP que se entregaron a sus incuestionables dotes políticas y al resto de ciudadanos que confiaron en su candidatura en las últimas elecciones generales, la más votada de Canarias.

Dotado de un orgullo y una vanidad tan altas como sus privilegiadas condiciones naturales para la gestión pública y una excelente formación académica y profesional –con un dominio del inglés como si fuera nativo por la educación durante sus primeros años en el Reino Unido– Soria ha comprometido al Gobierno en un momento muy sensible –en el tramo de una legislatura en el cual se dilucida si se convocan elecciones o se forma un nuevo Ejecutivo–, puesto contra las cuerdas a Rajoy y dejado huérfano a un PP de Canarias, que con su presencia se mantenía unido y con su marcha afronta una desgarradora fractura interna.

Si lo hubiera preparado a propósito no lo hubiera hecho peor para poner el punto final a la larga carrera de uno de los políticos canarios más importantes del período democrático. En más de veinte años de vida pública, Soria ha desempeñado la alcaldía de Las Palmas de Gran Canaria, la presidencia del Cabildo, la vicepresidencia de Canarias y ocupado el ministerio con más poder al que ha accedido un canario, con competencias sobre la industria, el comercio, las telecomunicaciones y el turismo. Soria se fuga de la política con sus mentiras –¿qué mayor virtud tiene un gestor público que su honradez y credibilidad?– para residir por ahora en un paraíso de confusiones y sombras.

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