Tribuna abierta

Humanizando el patrimonio: por un nuevo Parque Nacional de El Teide

16.04.2016 | 02:00

Y o me acuerdo de las cabras en Las Cañadas. Ya después las fueron retirando, las fueron retirando. [€] Después ya eso se fue quitando todo. Y la Cumbre se acabó, la Cumbre después que se dejó de podar la retama se acabó. [€] A mi me dejan, por ejemplo, podar, aunque estén verdes, y que llueva, que llueva algo [€] pa que veas si es verdad que vuelven de nuevo o no vuelven, Y vuelven, hombre. Usted ve una parra vieja, yo agarré una huerta allí de un muchacho ahí que me la dejó, estaba abandonada, y las parras han salido debajo de la tierra otra vez [€] ellas vuelven. Nosotros no volvemos pero las parras sí". Don Juan Díaz González el del Fondo, cabrero de Chimiche.

Este es sólo un testimonio de los muchos que nos dejaron nuestros mayores sobre el tiempo en que se puso fin a uno de los usos más antiguos de Las Cañadas del Teide, convertidas desde la década de los cincuenta del pasado siglo en Parque Nacional. Una época en la que se dio por iniciada una verdadera batalla por el control de este espacio, cuya gestión implicó de manera forzosa el desalojo de actividades tradicionales como la recolección de cisco de codeso o retama, el citado pastoreo de cabras y también el de camellos.

A consecuencia de ello, se han ido apagando la voces de cabreras insignes como Candelaria la Loca de Araya o Juan de Izaña. Y con su silencio han sido olvidados infinidad de saberes relacionados con el aprovechamiento de sus recursos, una innumerable toponimia, prácticas mágico-religiosas, información de enorme valor etnográfico y arqueológico y hasta literatura oral. Todo por decisión unívoca de las administraciones de la época, ilustradas por la manu militari de la dictadura.

Sin intención de postergar aún más el debate sobre el mantenimiento de ciertas prácticas tradicionales en el Teide y sus posibles consecuencias para la conservación, me parece que lo más correcto es adecuar al signo de los tiempos la gobernanza de un espacio natural y cultural de primer orden. Esa es la razón por la que Podemos quiso participar activamente junto a diversos colectivos sociales y ecologistas, trabajadores del Parque Nacional y miembros de su Patronato en una moción sobre la gestión de este espacio, la cual acabó siendo aprobada en marzo como acuerdo institucional del Cabildo tinerfeño.

Ciertamente, nuestro Parque Nacional no puede continuar paralizado por una mitología estéril y su gélida maquinaria tecnocrática. Debemos apostar por un cambio de mentalidad que deje de concebir su entorno como una especie de museo de la naturaleza, donde los usos tradicionales asociados a las clases populares son prohibidos en favor de actividades más elevadas socialmente y más rentables.
Sustituyamos un pasado de incomprensión por un futuro de gestión democrática que enfrente los retos actuales que los escenarios protegidos de las Islas entrañan; tales como definir los servicios con los que estos lugares deben contar, adecuar sus planes rectores y normativas a los principios por los que se rige la cultura política de la participación, realizar campañas de concienciación por un uso responsable de los mismos, divulgar mejor su amplísimo patrimonio, diversificar su oferta turística y, cómo no, afrontar con garantías los problemas derivados del cambio climático sobre su ecosistema.

En síntesis, y parafraseando una recomendación que se ha convertido con el paso de los siglos en un dicho de entidad al interior de nuestra cultura pastoril: a la participación social, como al ganado: poco corral.

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