Tribuna abierta

De la investidura del presidente del Gobierno, los grupos políticos y las elecciones del 20-D (1)

09.04.2016 | 02:00

E l día 20 de diciembre pasado se celebraron las segundas elecciones generales en el periodo de crisis más largo vivido por nuestro país. En las primeras, del año 2011, la suma mayoritaria de los individuales votos de los ciudadanos, parecían indicar el deseo de que el Partido Popular, que obtuvo mayoría absoluta, enmendara la gestión económica y política de las dos legislaturas anteriores de Rodríguez Zapatero, el Presidente del Gobierno que más daño ha hecho al sistema democrático fruto de la Transición y ala Constitución de 1978, sin hablar de su desastrosa política económica.

Del resultado electoral producto de la voluntad aleatoria del cuerpo electoral, no ha surgido ningún mandato del mismo a los Diputados y Senadores electos, como han interpretado interesadamente los políticos. Cada elector emitió su opinión política y es la suma de todos los votantes la que configura el espectro político-parlamentario actual [esa es la grandeza de la democracia representativa, la única real pues las democracias con adjetivo, populares (comunistas), asamblearias (real) u orgánicas (franquista) encubren siempre totalitarismos de uno u otro signo], con una muy difícil articulación de mayorías que sustenten un Gobierno mediante la investidura de su Presidente. En estas semanas, en las que se han constituido las Cámaras y se han puesto en marcha los trámites constitucionales previos a la investidura del Presidente, estamos asistiendo a una ceremonia de la confusión propiciada, por un lado, por la falta de experiencia anterior de un Parlamento tan fragmentado, por otro a los intereses de algunos partido políticos, que en algún caso pretenden simple y llanamente desacreditar la democracia representativa para crear en la ciudadanía un hartazgo de la misma que le haga aceptar un sistema político no democrático dirigista y populista (Venezuela) y en otros el cortoplacismo político y la falta de estadistas entre sus dirigentes, que les hacen mirar más por los intereses egoístas de la dirigencia que los generales del país.

Pero algunas cuestiones se van decantando en este incierto periodo antes no vivido. Entre ellas que el PSOE, que no quiso en la campaña electoral la existencia de un partido de centro de ámbito nacional que actuara de bisagra entre los dos grandes partidos que representan las corrientes mayoritarias ideológicas en los países europeos más avanzados de la UE, ahora ha comprendido la utilidad del mismo y ha tenido que firmar un acuerdo con él. También que parece decidido, en función de los pactos que propone y los vetos que ha establecido, a abandonar el espacio socialdemócrata que le ha sido propio para inclinarse a una izquierda más tercermundista. El Partido Popular no ha sabido liderar la iniciativa que le correspondía, al ser el que más diputados ha obtenido, ya que no ha puesto sobre la mesa desde el primer momento un programa de gobierno invitando a negociar a todos aquellos que estuvieran dispuestos a hacerlo y ante un fracaso, en su caso, adoptar todas las medidas precisas incluyendo un posible cambio de candidato o reconocer que , aunque sea el grupo parlamentario más numeroso, en el sistema parlamentario puede no ostentar la Presidencia del Gobierno, Podemos ha ratificado su esencia de partido-espectáculo, antisistema democrático y extremista de izquierdas con sus teatrales puestas en escena y los actores sociales, empresarios y sindicatos, así como la sociedad civil no ha estado a la altura del momento exigiendo seriedad y responsabilidad a la clase política.

En este escenario se ha puesto en marcha el mecanismo de la investidura que prevé el art. 99 de la CE (desarrollado por los arts. 170 a 172 del Reglamento de Congreso) Dichos preceptos correctamente interpretado en el marco de nuestra forma de gobierno de monarquía parlamentaria (art.1.3 CE), indican que el Jefe del Estado, el Rey, debe de recibir a los representantes de todos los grupos políticos que tengan diputados, -que no grupos parlamentarios-, correspondiendo a estos informarle de la candidatura que hayan acordado o estén en vías de ello, en sus negociaciones. No, como se ha querido escenificar con evidente intención de desgastar la figura del monarca e implicarle en el juego político, lo que no es su misión constitucional, imputando al Jefe del Estado la tarea de averiguar de las conversaciones, cuál de los líderes de dichos grupos podría ser investido y encargarle la misión de articular la mayoría necesaria, ya que las facultades arbitrales y moderadoras del Jefe del Estado (art. 56.1 CE) no alcanzan a imponer ni el calendario, ni dar instrucciones a los grupos políticos ni designar el candidato por propia iniciativa, son ellos los responsables y actores de la solución.

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