Luz de luna

Escritores sin derechos

06.04.2016 | 02:00

E spaña es un país donde delinquir está a la orden del día, y no me refiero únicamente al ámbito de la política, en la que la corrupción se ha asentado con solidez, sino a otros como el de la cultura, donde también se ha enquistado, sobre todo gracias a nuestra forma de ser. Esto viene a colación porque hemos incorporado los términos gratuito y semigratuito hasta unos niveles extremos, según los cuales no hay que pagar o se debería exigir muy poco a cambio del trabajo de otras personas porque se considera que no tiene un valor más allá de lo que en sí mismo implica, todo ello medio en términos monetarios, de ahí que esa desvalorización afecte a una amplia cadena y tenga unas nefastas repercusiones.

El sector de la edición del libro es uno de los más castigados por esta forma de pensar, en la que incide esa presión de quienes juzgan a la ligera sin evaluar todo lo que hay detrás, desde el creador de la idea y su esfuerzo por plasmarla en un texto o en ilustraciones hasta la inversión económica para que se materialice en el producto final deseado. Esto desemboca en esa filosofía de la gratuidad en el sentido de que muchos quieren acceder a aquel solo si se lo regalan porque en su mentalidad no cabe la idea de pagar para adquirirlo, y aún así desconocen o simplemente ni les preocupa que el autor apenas recibirá una ínfima parte de su valor en venta porque su mentalidad avariciosa les invita a creer que ser escritor es sinónimo de volverse millonario.

A ellos hay que sumar los que fomentan el proceso de reproducción por fotocopias, los cuales también son del mismo parecer, recurriendo continuamente a esta forma de robar para saciar su beneficio personal en detrimento del trabajo de otros, y lo digo con sentimiento de causa, pues hace unos años un profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria me puso en la tesitura de que le regalase un libro que había editado o, en caso contrario, lo localizaría en una biblioteca y lo fotocopiaría completo.

Por si fuera poco, la Ley de la Propiedad Intelectual establece que el plazo general de los derechos de explotación de la obra es la vida del autor y setenta años después de su muerte, lo cual contribuye a sepultarlo, pues a partir de esos momentos su obra quedará reconvertida en una importante fuente de riqueza para terceras personas sin tener que entregar nada a cambio. En este sentido, habría que plantearse su eliminación y que fuese el propio autor el que estableciese previamente quién debería disfrutar de esos derechos una vez que hubiese fallecido, pues él creó la obra y es su único dueño, independientemente de que el Estado se preocupe por su conservación patrimonial.

La realidad es que esta ley garantiza que las editoriales se comporten como buitres, ya que están al acecho de esa caducidad con el fin de lanzar sus garras sobre multitud de obras que son muy rentables en el mercado e incluso aprovechando subvenciones públicas para este fin, con lo cual se lucran doblemente. En el caso de Canarias, esta actuación la ha llevado a cabo por una conocida editorial, que de la noche a la mañana sobresaturó el mercado con infinidad de publicaciones de temática insular gracias a este parámetro, digitalizando sin ningún tipo de pudor obras completas localizadas en centros públicos, a expensas de que luego los ejemplares quedasen dañados por la utilización de escáneres, por lo cual también se le debería exigir culpabilidad a aquellos al permitir esta destrucción.

Al final, el lucro, la búsqueda de la gratuidad y la falta de ética se dan la mano como la Troika y el perjudicado es el escritor, convertido en una excelente mercancía de la cual viven plácidamente otros, pero en realidad todos le están robando, ahora y cuando llegue la Parca, adueñándose de lo que tanto le costó crear con su sudor.

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