Luz de luna

Rebuscando en la basura

30.03.2016 | 02:00

El contenedor de basura de mi barrio se ha convertido en un supermercado donde algunas personas hacen cola para saciar su necesidad de comer. No tienen trabajo ni salario ni ayuda de otros familiares; en el Ayuntamiento se han desecho de ellas debido a que no pueden ayudarlas con alimentos destinados a fines sociales, y la caridad de amigos y conocidos ha llegado a su fin porque estos también han caído inmersos en una situación inaguantable ante la cual no pueden detraer recursos propios para ofrecérselos a otros. Sobrevive el más fuerte a cualquier costa.
Muchas me miran con rabia y vergüenza porque no he podido evitar pararme a contemplar la escena en la que día tras día son protagonistas de esta obra de teatro a la que inicialmente no estaban invitadas. Algunas eran hasta hace poco miembros de respetables familias de clase media, que de la noche a la mañana se subieron al tren de la necesidad de crear empresas vinculadas al ámbito de la construcción ante la avaricia de ganar más dinero del que tenían y hacer del materialismo su forma de destacar frente al resto de sus vecinos.

Las deudas llamaron de golpe una mañana a sus puertas y desde entonces todo ha cambiado. Ninguna acepta que forma parte de la masa de excluidos sociales tras vender prácticamente todas sus pertenencias, perdiendo por el camino la casa, los vehículos de alta gama y las apetecibles joyas, que marcaban el modelo de vida que habían elegido. No aprendieron de otros espabilados que blanqueaban dinero a través de la burbuja del boom inmobiliario o lo guardaban sin declararlo al fisco como garantía de lo que pudiese pasar en el futuro. Se vivía al día y muchos éramos simples sombras a las que les dábamos pena.

Las tornas cambiaron y ahora soy el culpable de que hayan llegado a este estado porque tengo trabajo y he sido educado en el gasto racional de los recursos que poseo; porque entiendo que el disfrute y la realización personal no se alcanzan poseyendo más bienes, sino haciendo uso de los que están a mi alcance, sin que ello suponga hipotecar el aire que respiro o derramar toda mi sangre hasta morir; porque he dedicado años a estudiar para adquirir conocimientos con los cuales poder labrarme un futuro en algún trabajo relacionado con ellos; porque compraba libros y utilizo dos o tres horas diarias para leerlos con el fin de complementar esos conocimientos y seguir expandiendo mi curiosidad por aprender; porque ahorro todo el año para poder viajar en mis vacaciones a cualquier parte del mundo que no sean las cuatro paredes en las que se desenvuelve esta isla, que nos aprisiona muchas veces con sus infinitas quejas de quienes antes vivían a todo tren y ahora se arrastran con sus blasfemias; porque he aprendido a compartir las cosas sin pedir nada a cambio y como muestra de gratitud y confianza hacia quienes me importan, sin ducharme en la codicia hasta quemarme; porque no tengo tarjetas de crédito ni bonos del Estado; porque insisto en que hemos dilapidado los recursos públicos al haber convertido lo público en privado, creyendo que todo tenía un precio, y creando un ejército de corrupción prácticamente invencible; y porque denunciaba el fraude que otros cometían, presentando facturas irregulares en sus gestiones empresariales, pagando en negro gran parte del salario de sus empleados, y explotando a inmigrantes para aprovecharse de su situación de necesitados.
Ante sus ojos, soy culpable de esto y mucho más, pero no podemos permitir que sean otros lo que quieran hacer recaer sobre nuestros hombros los inmensos errores que han cometido porque no hemos formado parte de ese entramado en el que ellos antes tomaban las decisiones y ahora rebuscan entre la basura, atormentados por la vergüenza.

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