La Ciprea

Los fanáticos

28.03.2016 | 23:02

E n Burbuja, un foro de economía, leí hace tiempo un comentario: "Lo peor de los fanáticos no es que no cambien de opinión; es que no cambian de tema". Era una respuesta a un artículo sobre el mundo de la información en los temas de Defensa y cómo la prensa está mediatizada en la mayoría de los casos en que a ella se refieren. El artículo explica cómo no hay libertad, ni transparencia y cómo influyen sobre los periodistas los agentes de los servicios secretos. Udo Ulfkotte, antiguo periodista del Frankfurter Allgemeine Zeitung explica cómo te compran los servicios de inteligencia, los emisarios de la Alianza Atlántica Norte o los agentes de un lado y de otro del océano y cómo los periodistas de Alemania, Reino Unido e Israel están asociados de una manera o de otra a ese organismo político-militar. Me quedé con la frase y con el dichoso artículo que me tuvo en vilo un tiempo hasta que decidí no pensar más en batallas que, leídas así, parecen más de ciencia ficción que de un mundo al alcance de tus manos.

Hoy me vino a la cabeza el tema de la frase y volví a pensar en los fanáticos de nuestro alrededor. Pensé en las fuerzas que se acumulan por sí mismas sin necesidad de redentores o profetas de cualquier signo. Ellos surgen de lo más profundo de la tierra, en cualquier lugar donde haya el estiércol necesario para hacerlos germinar y se buscan unos a otros. Se encuentran con la mirada, con los gestos, con la forma de vestir o de ordenarse y se identifican por la manera de moverse y de comportarse. Los conoceréis por sus obras, no por sus palabras. Aparecen en el fútbol, en las procesiones, en los aeropuertos. La miseria, la falta de trabajo, de comida y de educación, la soledad, el abandono, la desintegración de la comunidad a la que pertenecen y un largo etcétera de motivos sirven de abono para hacerlos crecer y multiplicarse.

Los fanáticos surgen en ciertos periodos de la historia y son las grandes potencias las que los hacen brotar de sus propias entrañas. No hay fanáticos en las pequeñas comunidades ni en las tribus de escasa o ninguna economía; y, si los hay, los curan con hierbas o santiguados para expulsarles tales demonios. Los fanáticos son espontáneos y los gobiernos los aprovechan para sus propios fines. Para dar miedo, para escandalizar o para hacer retroceder el progreso de una nación. El odio que desencadenan estos seres oscuros contra los demás habitantes de una ciudad, un país o todo un continente, lo utilizan las grandes potencias para gestionar su propia idea del orden. Es política. No ciencia ficción.

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