La Ciprea

Morir como las cigüeñas

22.03.2016 | 12:06

Una cigüeña muere ensartada en los pinchos que puso el cura en el campanario para que no anidara". Hasta ahí la noticia. Parece ser que la cigüeña intentaba hacer su nido en el campanario de la iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, en la localidad extremeña de Navalmoral de la Mata, pero el párroco puso unos hierros en punta para evitarlo. Ella intentaba hacer su nido como había hecho desde siempre y como habían hecho durante años sus antepasadas. Ella lo intentó una y otra vez (ya saben: los instintos, la condición, la costumbre?) y en una de las bajadas se clavó los hierros y allí quedó con uno de ellos atravesándole el pecho, batidas las alas, la cabeza colgando como un símbolo de la crueldad humana. La indignación ante el método empleado por la parroquia para ahuyentar al animal ha llegado a todos los rincones y muchos ciudadanos han mostrado su rabia y su repulsa ante lo sucedido.

"Vivo enfrente de la torre de la iglesia y desde que tengo uso de razón han estado ahí, nunca han hecho mal a nadie", dice una de las vecinas. Evidentemente. Nunca han hecho mal a nadie. Pero un día, a un ser humano cualquiera, sea párroco, jefe de estado, vecino apacible o ciudadano ejemplar, se le ocurre opinar que lo que hace la cigüeña es sucio, dañino o peligroso para el edificio, la calle, el barrio o la comunidad, y empezamos a expulsar, a condenar y a perseguir hasta la muerte a quienes creemos enemigos o, sencillamente, de una especie diferente a la nuestra. El procedimiento para alejar a la cigüeña ha traído a mi cabeza todos los métodos disuasorios con que intentan los gobiernos y muchas personas que viven cómodamente en determinadas naciones, alejar a quienes quieren también vivir en ellas. Alambradas y muros con hierros en punta han sido puestos en muchos sitios para evitar la entrada de seres humanos que intentan alcanzar una vida mejor.

Hoy se vallan casas, fincas y caseríos para impedir el paso de ganados o de personas ajenas al territorio señalizado. Una costumbre a la que estamos habituados. Una señal inequívoca de que eso, lo vallado, pertenece a otro y no debes ni puedes romper esa barrera. Vallar territorios y fronteras es lo mismo, pero a lo bestia. No pasen. Dicen las vallas. No queremos que pasen; no queremos que aniden; no queremos que se posen en nuestros bien cuidados jardines, casas y campanarios. No queremos esa mierda en nuestras ciudades y en nuestros países. Iros. O clavaremos un hierro en vuestros corazones. Y así sucede y está sucediendo delante mismo de nuestra casa. Mucho más fácil que atravesar el corazón de una cigüeña.

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