Retiro lo escrito

Una impresionante victoria

22.03.2016 | 02:00

C ómo será Cuba dentro de diez o quince años? Me lo dice un cubano exiliado: "Será un Vietnam en el Caribe, ni más ni menos, pero mucho más rico, el principal emporio turístico de América Latina". "Adiós comunismo, entonces". "Del sistema comunista quedará la estructura de poder: será un poder colegial, un gobierno de generales a los que ahora está situando y preparando Raúl Castro para la sucesión". Para mi amigo el diagnóstico está claro, y lo avala la visita de Barak Obama a La Habana. "Fidel y Raúl han ganado: se va a morir en la cama después de mandar toda la vida, de concentrar todo el poder durante décadas". ¿Y Cuba? Cuba, hermano, aguantará. Como ha aguantado todo".

Creo que mi amigo tiene razón. Cuando afirma que Cuba ha aguantado todo no quiere decir, implícitamente, que los cubanos sufran lo indecible o que una oposición política no pueda expandir un proceso de reformas liberalizadoras por la bota militar que lo oprime. Qué le vamos a hacer: la oposición al régimen castrista es poca cosa, cuantitativa e incluso – con algunas excepciones –cualitativamente. Es poca cosa porque el cubano, por lo general, no está contento con el gobierno, pero no le pondría alegre que el gobierno desapareciera. En ese caso habría que tomar decisiones y medio siglo de castrismo los ha convertido en un colectivo alérgico a la toma de decisiones. Después de los años de plomo en los sesenta, de la vergonzosa miseria de los marielitos en los setenta, de los ajustes de cuentas con los mandos militares desafectos o podridos por la corrupción y el narcotráfico en los ochenta, de la hambruna del denominado periodo especial en los noventa, los cubanos se resignan a vivir en una jodida pero soportable pobreza sin grandes desesperaciones. Es cierto que la propaganda del régimen indignaría a cualquiera de que no fuera un cubano, es decir, un individuo prodigiosamente adaptativo. Con la sanidad, por ejemplo, pasa lo mismo que con la educación: es aceptable (y universal) a nivel ambulatorio y asistencial, como lo es la enseñanza básica. Después falta de todo y en todas partes, sin excluir sábanas, bacinillas, ordenadores o agujas hipodérmicas.

Algún día, más temprano que tarde, alguien escribirá el análisis que merece la implacable lucidez política de Fidel Castro. Un cabrón formidable, Fidel. Sobrevivió a todo, excepto, claro está, a sus propios médicos, y a un hermano, el eterno segundón, que le impidió in extremis la vuelta al poder. Ambos han carecido de piedad y compasión para conseguir el objetivo estratégico central, la conservación de un poder ilimitado, que han sabido identificar nada menos, con la ayuda de películas, canciones, discursos, sentimentalismo y épica greñuda, con el propio destino de Cuba. Resumidamente, Revolución era el nombre que recibía esa aspiración descomunal que es la pasión irrestricta por el mando. Y teníamos tantas ganas de verla como intensa era la ambición de eternidad de los hermanos. Sí, es cierto lo que dice mi amigo: los Castro le ganaron la partida a los Estados Unidos, porque morirán de viejos en sus camas, pero también se la ganaron a esa triste puta, la Revolución, que murió de vieja mucho antes, cuando el futuro – que pronto será un McDonald en el Malecón – parecía estar al alcance de la mano, a la distancia justa de un poema, una canción o una guerrilla.

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