Luz de luna

Crecer con la censura

15.03.2016 | 23:30

A ún recuerdo aquellos dos pequeños rombos blancos impuestos por quienes aplicaban unos criterios rancios a la hora de establecer si podíamos ver o no un determinado programa o película en la televisión. España estaba inmersa en la Transición y la sociedad arrastraba una pesada condena moral de la que no se podía desprender. Nuestros padres crecieron bajo el yugo de que todo lo distinto era malo y de que solo se podía hablar en voz baja de determinados temas, aunque a veces era mejor no hacerlo porque eso podía traerles consecuencias, como si en sus propias casas se sintiesen vigilados o señalados por alguien que provocaría su desgracia.

Esa forma de actuar y pensar la inculcaron a la siguiente generación, aquella en la que se desenvolvieron mis primeros actos, donde la rectitud era la vara de medir en cada paso que dábamos. Seguíamos viviendo con miedo y obligación, esclavizados en la rutina para darle sentido a cada día, todo ello a pesar de que ya el Dictador estaba muerto, pero su herencia aún impregnaba muchas cosas hasta el punto que opinar de manera diferente en un pequeño municipio suponía que acabas estigmatizado.

Yo fui uno de esos que vio pasar sus primeros años a la sombra de la censura mientras me empalagaba con la presencia de la bandera española, adornando multitud de actos y fiestas, desde la inauguración de mi calle tras su primer asfaltado -con la presencia incluida del párroco para bendecir cada el último centímetro- hasta la venta de los turrones de la empresa familiar Santa Rosa o el cierre de programación a las doce de la noche de la RTVE1, donde poco más que tenía que arrodillarme para mostrar pleitesía a dicha bandera.

La cesura abarcaba desde la forma de pensar a la de vestir y no llegábamos a comprender que éramos libres de expresar nuestras ideas, de hacer con nuestras vidas lo que quisiésemos sin tener que dar explicaciones al sistema ni a quienes nos gobernaban. Mirábamos de reojo a los propios vecinos, convertidos en nuestro pequeño gran hermano, y cuestionar a los políticos y a la Monarquía era algo impensable porque, simplemente, no se hacía.

El mes pasado leí una frase de Mercedes Sosa que decía que "Toda censura es peligrosa porque detiene el desarrollo cultural de un pueblo", y por eso he mirado hacia atrás para ver en qué tipo de sociedad he dado mis pasos hasta llegar a aquí. La conclusión es que no puedo evitar sentir frustración y rabia al comprobar que nada ha cambiado respecto a aquel período: la televisión ha ido evolucionando, convirtiéndose en un intrincado laberinto en el que se nos hace partícipes con el fin de quedar atrapados en él, subyugados a programas en los que tomamos partida en la vida de famosos como si fuera la nuestra, fomentando la competitividad como forma de supervivencia y muestra de la división propia de una sociedad capitalista, y donde la cultura queda supeditada a lo que diga un jurado de ilusos, que se creen los amos del mundo, para claudicar ante sus comentarios una vez que hemos mostrado nuestros talentos o sentirnos triunfantes por su veredicto maquillado en su hipocresía.

Así nos convierten en seres felices, procurando que desconozcamos la reciente noticia de los mensajes de WhatsApp intercambiados entre la reina consorte Letizia Ortiz y el empresario Javier López Madrid, este último implicado en el caso de las tarjetas black de Caja Madrid, en la que aquella se refería de manera despectiva hacia La Otra Crónica, un sitio Web dependiente de El Mundo en el cual alguna que otra vez se ha criticado su forma de ser. La censura se ha encargado de que la noticia no circule, de que no se cuestione a quienes están arriba, pero siempre hay personas con dignidad que arriesgan sus puestos de trabajo por decir la verdad, rompiendo barreras y demostrando que el silencio nos convierte en cómplices de otra dictadura.

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