Tribuna abierta

Umberto Eco

10.03.2016 | 02:00

La muerte en su casa a los ochenta y cuatro años del gran semiólogo y profesor italiano Umberto Eco nos deja sin una de las figuras europeas más prestigiosas, tanto como profesor, novelista o estudioso de la literatura. Como narrador, muy popular en su momento por la novela El nombre de la rosa (1980) que, como la versión cinematográfica que dirigió Jean-Jacques Annaud y protagonizó Sean Connery, obtuvo un gran éxito, podemos destacar también libros menos célebres o populares; pero no menos interesantes, es el caso de su siguiente novela, El péndulo de Foucault (1988), que comienza siendo una descripción ilustrada y minuciosa del interior de Saint-Martin-des-Champs, en París: "(...) concebido primero como priorato y después como museo revolucionario (...)", de la ciencia o de la técnica, y va convirtiéndose en una fascinante historia donde el narrador pretende quedarse en el interior del edificio cuando llegue la noche, y entender la dialéctica de las máquinas (coches, ferrocarriles, locomotoras...) que se exponen en su interior tras esconderse: "(...) Qué difícil es esconderse cuando los escondites son cuadros de una exposición (...)", dice el narrador. Así va recorriendo las diversas salas y plantas del edificio.

El antiesoterismo, la historia, la aventura, la sátira, todo queda unido y mezclado en un libro narrado en primera persona por uno de sus protagonistas, Casaubon, quien a lo largo de él hace una suma biográfica de su vida en ciento veinte capítulos nada casuales, y en quien podemos ver al propio Eco cuando Casaubon escribe de sí mismo: "(...) Yo, el hombre de la incredulidad (...)". Largo ensayo narrativo que quizá buscase socavar los procesos del esoterismo y la analogía, El péndulo nos dice que las máquinas, como los hombres, necesitamos claves de existencia para salir o existir por encima del silencio: "(...) Una máquina no colabora, sabe que debe recibir la palabra, si no la recibe, calla (...)" en un intenso juego de números y adivinaciones, haciendo especial hincapié en el 120 y el 36 que, divididos y luego multiplicados por 2, se aproximan al nº de la bestia: 666. El péndulo..., como cual

quiera de las novelas de Eco es lo que él pensó o quiso de ellas: una máquina de generar interpretaciones en consonancia con
su vieja idea o concepto de "obra abierta", un texto siempre necesitado de que cada lector lo lea
y complete guiado por sus pulsiones y emociones más íntimas.

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