Luz de luna

La España de los pactos políticos

09.03.2016 | 02:00

E l Parlamento español se ha convertido en un mercado donde se continúa negociando con la democracia según el mejor postor. Los partidos con representación llevan meses sumidos en una infructuosa lucha por tratar de llegar a pactos envenenados que garanticen su continuidad y afianzamiento en el poder en detrimento de otras fuerzas, demostrando que unas pocas personas se creen con el derecho a jugar con el presente y el futuro de un país simplemente porque tengan el respaldo de una parte de la sociedad en forma de votos.

No existe la más mínima ética entre quienes se devoran entre sí, no solo en función de sus correspondientes siglas, sino también internamente en relación al grado de su discurso y atrincheramiento inquebrantable. Aún así, saben muy bien que la principal preocupación no es que esa misma sociedad esté contenta con uno u otro pacto, sino que se asienten en el poder para continuar respaldando a la oligarquía en su control de los resortes de este país, la cual está abanderada por la banca y las compañías eléctricas, cuya vinculación les permitirá formar parte en el futuro de las denominadas puertas giratorias, a través de las cuales ocuparán un puesto dentro de alguna de esas empresas a las cuales beneficiaron.

Todos están dispuestos a negociar: son los bancos de la política, con siglas distintas, pero sentados a la misma mesa en la que se reparten trozos de ese pastel llamado democracia en función de sus intereses y no los del pueblo. Da igual que sean de derechas, centro o, presuntamente, de izquierdas porque esto es un juego de ajedrez en el que hay que saber mover muy bien las piezas, sacrificando algunas para lograr ganar la partida. Estas últimas somos nosotros, los que seguimos padeciendo la ineficacia de un decrépito presidente del Gobierno que se ampara en su mayoría absoluta para imponer sus decisiones, creyendo que somos sordos y mudos; los que abucheamos a un vecino de derechas llamado Partido Socialista Obrero Español, ayer fotografiándose de la mano del Partido Popular, hoy presumiendo de su conquista amorosa llamada Ciudadanos; y los que negamos del inquilino de nombre Podemos, que se cree un acorazado invencible al hacer gala de su victimismo estratégicamente orquestado al repetir una y otra vez que está dispuesto a tenderle la mano a los socialistas para trabajar juntos por un país distinto porque él representa la masa social desamparada, el mismo partido que hace meses hablaba de casta, oligarquía, corrupción y regeneración y ahora tiene en boca una y otra vez la palabra pacto y entendimiento con fuerzas de derechas. No me hablen de que hay que infiltrarse en el sistema para acabar con él desde dentro, tal y como plantea este último partido, cuando en realidad está contribuyendo a cimentarlo.

Cada uno ofrece el tipo de interés que mejor se ajusta a sus pretensiones, una pléyade de proposiciones teóricas de cara a la galería con las cuales maquillan lo que se esconde debajo de la mesa y que no es otra cosa que la continuidad del beneficio de esa oligarquía, la que financia campañas electorales y obras sociales con intereses.

Se reproduce el mismo caso que en las elecciones municipales donde las formaciones en liza elaboran programas electorales con infinidad de propuestas para engordar sus programas y engañar al propio electorado; este último lo sabe y participa de lleno en este juego, criticando lo que hacen aquellos dentro de las cuatro paredes de su casa, pero luego postrándose a sus pies porque ha que ser fieles al partido antes que autocríticos con los males endémicos que nos ahogan.

En ese Parlamento no cabe hablar de la nacionalización de las eléctricas, la eliminación del Senado y la Ley d´Hont, y del préstamo bancario de la Troika financiera: todo es una cortina de humo tras la cual hay otra realidad que no nos dejan ver, pero no olvidemos que nosotros les votamos y somos tan culpables como ellos.

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