Con mano izquierda

Chapotear en la intimidad ajena

03.03.2016 | 23:18

Gran Hermano, al margen de ser un basuriento programa televisivo que se presenta en dos versiones a cual más vomitiva (la VIP y la plebeya) y cuyos defensores pretenden revestir de experimento sociológico de alto nivel, es, antes que nada y por encima de cualquier otra consideración, un personaje esencial de la novela de George Orwell 1984 (que, salvo sorpresas, no habrán leído ninguno de los concursantes de la bazofia anterior). Se trata del fundador de un Partido que todo lo controla y su denominación se utiliza frecuentemente para referirse a gobiernos autoritarios que vigilan excesivamente a sus ciudadanos, así como al control sobre la información que éstos ejercen.

Al hilo de esta negra realidad, he de confesar que nunca me han gustado los espías, con independencia de que algunos de ellos (James Bond, Jason Bourne, el Super Agente 86) me hayan proporcionado grandes dosis de placer cinematográfico. Los deploro desde lo más hondo de mi ser porque el contenido de su trabajo me parece, como mínimo, discutible. Agitando la bandera del mal menor, se dedican a olfatear como perros de presa en los universos ajenos con la burda excusa de defender patrias e ideologías. Detrás de su apariencia a veces atractiva (Bond), a veces atormentada (Bourne), a veces torpe (Smart), se esconden unos tipos que perviven fiscalizando las actividades de terceras personas susceptibles de "portarse mal". Por supuesto, dentro de ese grupo estamos todas y cada una de las ovejas del rebaño planetario, aunque a veces el mayor de nuestros pecados consista, simplemente, en no gestionar nuestros sentimientos, emociones y actos según el docto criterio de nuestros celosos vigilantes.

Pues bien, abandonando ya el ámbito de la ficción y centrándome en el de la realidad (que siempre supera a aquella), recuerdo el momento en el que salió a la luz el caso de Edward Snowden, joven informático estadounidense que puso en jaque a la Administración Obama merced a sus declaraciones sobre las prácticas del Gobierno norteamericano en lo tocante a unas filtraciones a través de Internet. Aún prófugo a día de hoy -al estilo de Julian Assange en la Embajada de Ecuador en Londres-, ilustró al mundo de lo que el mundo ya se temía: que, por mor del progreso y de los supuestos avances tecnológicos, nuestra privacidad es ya cadáver por los siglos de los siglos: "No puedo en conciencia permitir que el Gobierno de los Estados Unidos destruya la privacidad, la libertad de Internet y las libertades fundamentales de las personas de todo el mundo con esta máquina de vigilancia masiva que está construyendo en secreto", afirmó el perseguido cerebro de la Informática.

Sin embargo, amparados en estrategias antiterroristas de obligado cumplimiento, miles de sus colegas siguen dedicándose a día de hoy a bucear minuto a minuto en nuestra cotidianeidad, leyendo nuestros correos electrónicos, escuchando nuestras charlas telefónicas, cotejando nuestros análisis de orina y hasta constatando nuestras preferencias sexuales. De hecho, mientras escribo estas líneas, me estoy palpando por si descubro un microchip intradérmico en alguna parte de mi anatomía. De momento, no parece. Será tal vez porque mi vida no es particularmente apasionante desde el punto de vista de los secretos y las mentiras. Aun así, me queda el consuelo de que por ahora nadie puede entrometerse en mi mente, en mi alma y en mi corazón sin mi permiso, más que nada porque son míos y sólo míos y, por lo tanto, los entrego a voluntad.

Por lo pronto, este humilde aviso para despreciables navegantes del espionaje (sean profesionales o aficionados, conocidos o desconocidos, cercanos o lejanos) me llena de paz interior. Quiero que les quede meridianamente claro que lo que yo piense, crea, recuerde, añore o sienta es materia reservada que compartiré o no cuando y con quien estime conveniente. Y, ya de paso, que ningún Big Brother podrá acceder a ella por ningún atajo.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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