Luz de luna

#SafePassage

01.03.2016 | 23:22

La sociedad ha vuelto a demostrar su enorme potencial de solidaridad y protesta mundial al no quedarse de brazos cruzados contemplando las macabras escenas que, día tras día, nos llegan a través de distintos medios de comunicación, en las que se puede observar con todo lujo de detalles el sufrimiento de los refugiados en su huida por llegar a Europa.

El pasado sábado los gritos de miles de personas se aunaron en multitud de ciudades bajo el lema Safe Passage (Pasaje Seguro), apoyado por el poder de convocatoria de las redes sociales, y sirvió una vez más para poner en tela de juicio la política desarrollada por la Unión Europea en materia migratoria al no trazar una línea de actuación que garantice una vía segura de acceso para aquellos. Simplemente, fue otro ejercicio democrático de conciencia colectiva, que respondía a un llamamiento internacional, rompiendo las barreras entre naciones y la xenofobia que se ha extendido peligrosamente por la Europa central y septentrional.

La clase política desconoce in situ el gran problema que supone el tema de los refugiados y no es consciente de la imagen internacional que se muestra del continente, socavada por la defensa de los intereses particulares en detrimento de la muerte de personas. Este drama se gestiona en los despachos por trajeados que tratan a toda costa de evitar mezclarse con la clase baja y ninguno de ellos está presente cuando llega una de esas lanchas neumáticas abarrotadas de caras anónimas, una actitud pasiva acompañada de negociaciones sobre las cuotas que acogerán los distintos países, y sin morderse la lengua al exponer el coste económico que eso supondrá para sus respectivas economías. Todos han olvidado que se trata de un acto de humanidad hacia quienes están soportando asesinatos y guerras civiles en sus respectivos países, y que nadie desea dejar su tierra, salvo casos de fuerza mayor.

En cambio, es la ciudadanía la que participa activamente a través de su ayuda desinteresada, aportando incluso sus propios recursos materiales y económicos a costa de poner en riesgo sus vidas, tal y como sucede cada día los integrantes de la oenegé Pro-Activa Open Arms o de los tres bomberos que a mitad de enero fueron detenidos en Grecia, acusados de tráfico de personas y posesión ilegal de armas, cuando en realidad trataban de auxiliar a quienes estaban vendidos a su suerte en un mar mortecino.

Por eso, se reclama un pasillo humanitario en territorio europeo, que canalice este proceso migratorio con el máximo de seguridad para que, a partir de ahí, se produzca su acogida en los lugares de destino. Mientras tanto, esos refugiados se han convertido en un negocio para las mafias, que comercian con su necesidad y le ponen precio a una esperanza a la que muchos tienen que renunciar para siempre al intentar cruzar el Mediterráneo. En 2015 esas mafias se encargaron de hacer desaparecer a casi diez mil menores de edad con destino a trabajo esclavizado, prostitución y tráfico de órganos, a la vez que las mujeres son el otro colectivo más afectado por todo este proceso, ya que sufren violaciones y vejaciones, además de secuestrarlas para prostituirlas.

El cementerio de chalecos naranja de Lesbos se ha convertido en un monumento simbólico efímero de quienes han logrado atravesar una de las muchas puertas del infierno y no quieren mirar atrás; allí se apilan momentáneamente, sin que nadie sepa qué hacer con ellos, lo mismo que los gobiernos con los refugiados, considerados una lacra, pero producto de su particular juego de ajedrez geoestratégico en el norte de África y Oriente Medio, armando a potencias que defienden sus intereses, fomentando golpes de Estado y explotando sus recursos naturales. No toda la sociedad apoya la llegada de refugiados, pero quienes lo hacen dan sentido a un principio ético de difícil alcance para quienes creen que todo es duradero y eterno.

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