Por peteneras

La baraja

01.03.2016 | 23:22

Una de las falacias más extendidas y simplistas de la dramaturgia electoral es la de que el pueblo es extremadamente listo y jamás se equivoca. Dado que no se trata de una ley ni demostrada, ni sentida, ni revelada, debe ser la consecuencia de una interpretación puramente comercial, por la que el tamaño y la variedad de la audiencia es directamente proporcional a la excelencia del producto ofertado, y la compra masiva otorga al resultado un valor cualitativo, que no se basa en sus propiedades intrínsecas, sino en la homogeneidad del mercado. Un mercado que actúa así como la prueba del nueve, el oráculo infalible, la esencia del dogma, la danza de la lluvia. Como si se tratase de un mecanismo de iluminación espontánea, cuando nos dejan solos en el interior de las cabinas donde se guardan las papeletas nos convertimos en seres más inteligentes, apreciamos de golpe la solidez de los programas de gobierno –que seguramente no hemos leído, por plúmbeos, reiterativos, plagiados y escasamente creíbles–, y vemos con claridad el inmejorable futuro que nos espera.

Tan sólo unas horas después del ejercicio del derecho al voto, la realidad se ha transformado sola, y la fumata blanca ha indicado que la sabiduría natural ha descendido sobre nosotros, impregnando de lucidez nuestra habitual oscuridad. A los miembros de la curia vaticana los ilumina el santo espíritu, a los monjes budistas se les desenrosca la serpiente mística a través de sus chacras, y a los entes que conformamos la masa platónica del planeta tierra el contacto con la papeleta o la intimidad de la cabina acaba por hacernos inteligentes. Lo malo es que, en ocasiones, las cuentas no salen, y ésta podría ser una de ellas. ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha fallado el procedimiento? ¿Se ha deteriorado el delicado y misterioso mecanismo de la transustanciación? ¿Qué hacemos ahora? No parece, sin embargo, que una repetición de la jugada, por mucho que se barajen las cartas y se alternen los lugares ocupados en la mesa de juego, vaya a dar resultados diferentes mientras se mantengan los mismos jugadores y el catálogo de lances disponibles esté limitado por una norma externa, superior, dirigida por una jerarquía invisible, lejana, pero bien situada. Tal vez, en estas circunstancias, lo más aconsejable fuese cambiar a dichos jugadores, romper la baraja y utilizar una nueva. Si A puede ser tanto igual B como a C, a falta de un sofisma que habilite el argumento, es inevitable aceptar que B y C sean iguales, por mucho que pretendan diferenciarse con movimientos de guiñol y muecas extraídas de la vieja farsa.

Es lo bueno que siempre han tenido los principios marxianos, su capacidad para ser intercambiados unos por otros, su facilidad para contraerse o expandirse para la mas adecuada adaptación al recipiente, su disponibilidad para cambiar de color, de tono, de ritmo, de forma o de sentido. Lo cual lleva a dudar de su identidad rigurosa y a visualizarlos como elementos desentrañados, pedos de político o burlas de trilero.

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