Luz de luna

La cultura no es un títere de los políticos

24.02.2016 | 02:00

España tiene unos políticos cuya alma es tan negra como el poso de una taza de café, pero esto no debe convertirse en un muro infranqueable que impida el desarrollo cultural porque la creatividad y el empuje personal son bazas fundamentales en las que creen quienes se esfuerzan y ponen su empeño en construir una sociedad más abierta, enriquecedora y sin limitaciones de pensamientos.
El caso de la detención de dos titiriteros hace casi dos semanas, acusados de enaltecimiento al terrorismo al aludir a ETA en una de sus actuaciones, no es más que otro ejemplo del grado de cinismo mostrado por quienes nos gobiernan, que coartan la libertad de expresión y anteponen sus intereses por encima del de la colectividad.

El gran error que se está cometiendo es mirar la cultura con los ojos de quien está contaminado por la política, aquellos que buscan en cualquier acto, diálogo o partitura musical una excusa para arremeter contra todo lo que consideran que no es afín a sus ideas, canalizado como una estrategia más de reclamo ante los medios de comunicación para hacer valer su presencia y autoridad en su particular lucha contra todo tipo de fantasmas. Este paso supone que aquella queda institucionalizada, es decir, que responde a las necesidades y control del propio Estado, el cual solo permite que se difundan los contenidos seleccionados previamente, sin admitir críticas, y donde la ironía, la sátira, el morbo, la ingeniosidad y la contracultura están condenadas al silencio, circunstancia que no se debe permitir.

En este sentido, España es un país tradicionalmente titiritero: por un lado, la creación artística e intelectual es tan heterogénea y centenaria que no existe otro país que haya aportado tanto a aquella y cuya trascendencia en el contexto mundial haya supuesto su universalización, aunque por otro siempre ha pervivido con aquellos que históricamente han querido mover los hilos a su antojo, condicionándola o coartándola sin tapujos para supeditarla a su voluntad.

Por eso, los mismos que han criticado y condenado a esos dos artistas también tendrían que hacer un ejercicio de autocrítica para comprender que han apoyado a otros artistas que, por ende, deberían pasar por el mismo tribunal inquisitorio, lo cual también les convertiría en cómplices. El mejor ejemplo es el afamado Cervantes, que criticó a través del Don Quijote de la Mancha la realidad política de la España del siglo XVI en la que convivía el analfabetismo, la podredumbre de la corrupción, la gula de la Iglesia, las persecuciones religiosas y las torturas de la Inquisición. Simplemente, se lo alaba porque sus obras, vistas desde la óptica de la contemporaneidad, se refieren a un pasado histórico que no afecta de lleno al presente, pero sobre el cual se actuaría de manera distinta si las hubiese escrito hoy en día, ya que entonces su camino hubiese sido el de la censura, el desprecio institucional y el cierre de puertas, tal y como le ha pasado a otros escritores.

Actuaciones como la acaecida suponen otro punto de inflexión que nos llevan a un sinsentido de autodestrucción en el que nada sería válido porque todo atenta contra la moral, las ideas y las creencias de esa sociedad, unas veces tan progresista y otras excesivamente retrógrada. Decía la cantante Mercedes Sosa que "Toda censura es peligrosa porque detiene el desarrollo cultural de un pueblo", y el caso español es un buen ejemplo de que debemos seguir luchando por nuestras ideas y no cejar en expresar lo que pensamos a través de las artes, sin hacer caso del conjunto de limitaciones que se nos quiere imponer. La película Noviembre (2003) de Archero Mañas reflejó muy bien que la cultura es un alma en libertad, que no se la puede encarcelar, porque la vida misma es un escenario en el cual se suceden infinidad de historias en las que todo tiene cabida, sin estar subyugadas al control de nadie más que de la propia voluntad de sus dueños.

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